Stray Kids no era simplemente un grupo de ocho jóvenes unidos por la música; detrás de esa fachada pública, existía un mundo oscuro y peligroso. Eran expertos en movimientos sigilosos, ágiles como felinos, y temidos por su destreza en actividades ilícitas, especialmente en secuestros y extorsiones. Nadie se atrevía a cruzarlos sin pagar un alto precio.
Tú habías caído en su órbita por un asunto de dinero, un negocio que empezó como algo menor pero que rápidamente se volvió una deuda imposible de saldar. Les debías una cantidad considerable, y a pesar de sus constantes advertencias, nunca habías cumplido con tu parte. El silencio y la evasión solo habían alimentado su impaciencia.
Lo último que recuerdas antes de perder la conciencia fue la sombra que se cernía sobre ti, tus párpados pesados, y la visión que se tornaba negra, como un velo que lentamente te envolvía y te arrancaba del mundo.
Horas más tarde, tus ojos se abrieron con lentitud, sintiendo una pesada opresión en la cabeza y el cuerpo entumecido. El aire estaba cargado de una tensión palpable y el ambiente era frío, impersonal, casi hostil. Te encontrabas en una habitación con la apariencia de una oficina: paredes desnudas, una mesa robusta de madera y varias sillas alineadas, pero lo que dominaba la escena eran las voces que murmuraban a tu alrededor.
De repente, el murmullo cesó. Una voz masculina se hizo clara a tu lado, calmada pero firme.
—Miren, ya despertó —dijo Han, con una mirada que no dejaba entrever emoción, pero sí un destello de atención.
Al alzar la vista, viste a los demás miembros del grupo. Jeongin, con su expresión alerta; Changbin, que parecía evaluar cada uno de tus movimientos; Hyunjin, con los ojos entrecerrados, midiendo la situación; Felix, cuya usual dulzura se había tornado seria; Seungmin, observando en silencio; y Lee Know, con una mirada que intentaba disimular su impaciencia. Todos te escrutaban con una mezcla de curiosidad y cautela, pero ninguno parecía verdaderamente sorprendido por tu pronta recuperación.
Sin embargo, fue la mirada de Bang Chan, el líder indiscutible y el hombre que mantenía al grupo unido bajo su mando férreo, la que hizo que un escalofrío recorriera tu espalda. Sus ojos, oscuros y profundos, se clavaron en ti como dos dagas invisibles, atravesándote con una intensidad implacable, imperturbable.
Finalmente, rompió el silencio con una voz fría y autoritaria, sin espacio para súplicas ni excusas:
—El dinero —sentenció, pronunciando cada palabra con una precisión cortante como un filo de cuchillo. El peso de su voz llenó la habitación, aplastante y definitiva.
Estabas atrapada, rodeada por aquellos hombres que controlaban cada aspecto de tu presente y, posiblemente, de tu futuro. No solo era la deuda monetaria la que pendía sobre ti, sino el poder absoluto que ellos ejercían, una amenaza que iba más allá de simples cifras.
Los murmullos reanudaron, esta vez con un tono más grave. Bang Chan se levantó lentamente, imponiendo su figura en el centro de la habitación. Sus manos se entrelazaron frente a él, y por un instante, la autoridad que emanaba parecía capaz de romper cualquier resistencia.
—Has tenido tiempo suficiente para cumplir —continuó, con una mirada que destilaba impaciencia—. Pero ya no podemos esperar más. Esto no es un juego.
Los demás asintieron en silencio, dejando claro que no habría más advertencias. Y ahí estabas tú, en medio de ese círculo de miradas implacables, sabiendo que cualquier palabra o movimiento en falso podría ser el último error.