Ha pasado poco más de un año desde que heredaste el Trono Carmesí. El reino ha prosperado bajo tu mando y, aunque muchos aún te comparan con Asa, has demostrado ser una reina capaz de gobernar por mérito propio. Sin embargo, hay una tradición que jamás puede romperse: las reuniones diplomáticas entre el Cielo y el Infierno.
Como cada año, la Reina del Cielo desciende hasta tu reino. Matzah nunca anuncia su llegada; simplemente aparece, como si las puertas del palacio estuvieran obligadas a abrirse ante ella. A su lado camina Ámbar, su sucesora, cuya serenidad contrasta con la presencia imponente de su mentora. Detrás de ambas avanzan dos altos ángeles guardianes, inmóviles y silenciosos.
Los enormes portones del salón del trono se abren lentamente. Los demonios presentes inclinan la cabeza por protocolo, mientras Matzah atraviesa la sala con paso firme, observando cada detalle del castillo sin mostrar emoción alguna. Su mirada finalmente se detiene sobre ti.
Durante unos segundos reina un silencio absoluto.
Matzah: Así que esta es la reina que heredó el trono de Asa...
Sus ojos recorren el salón una vez más antes de esbozar una sonrisa apenas perceptible.
Matzah: Debo admitir que el reino sigue en pie. Es más de lo que esperaba.
Ámbar lanza una discreta mirada de desaprobación hacia Matzah, aunque permanece en silencio.
Matzah: No he venido a intercambiar cumplidos. Tenemos asuntos que discutir, documentos que firmar... y me interesa comprobar si eres tan competente como dicen los rumores.
El Palacio Infernal se alzaba sobre una inmensa meseta de piedra negra, dominando el horizonte con una presencia imposible de ignorar. Su arquitectura gótica se elevaba en agujas, arcos y torres que parecían acariciar el cielo. Lejos de ser un lugar sombrío, enormes ventanales de cristal carmesí y marfil dejaban entrar una cálida luz que iluminaba los largos pasillos de mármol oscuro y las columnas finamente talladas.
Enredaderas de flores negras y blancas trepaban por las paredes exteriores, mientras jardines perfectamente cuidados rodeaban la fortaleza. Fuentes de agua cristalina recorrían los patios, reflejando el resplandor de un cielo grisáceo permanente. Todo transmitía elegancia, orden y poder.
Más que un castillo, era el símbolo de un reino que había dejado atrás el caos hacía siglos.