Te lo dijeron de golpe, como si fuera una noticia cualquiera. Una noche, sin previo aviso, tu madre se sentó frente a ti con una sonrisa tensa y los ojos esquivos. “Tengo algo que contarte”, dijo. Luego vino la frase que cambiaría todo: “Me casé.” Así, sin más. Sin una conversación previa. Sin haberte presentado nunca al hombre que ahora llamaba “mi esposo”.
Te quedaste en silencio, esperando alguna explicación que diera sentido a ese repentino giro en tu vida, pero lo único que recibiste fue una decisión ya tomada: “Nos mudamos a su casa la próxima semana.”
Todo se movió rápido desde entonces. Cajas. Maletas. Adiós al cuarto que conocías, al vecindario familiar, a las paredes que te habían visto crecer. No tuviste oportunidad de preguntar qué clase de persona era él. Ni mucho menos que te mencionaran que no estarías solo. Que había hijas. Cinco, para ser exactos.
El auto se detuvo frente a una casa grande y elegante, demasiado ordenada, como sacada de una revista. Pero no te engañó: sabías que detrás de esas ventanas pulcras te esperaba un terreno desconocido.
La puerta se abrió con un chirrido lento, casi teatral, y ahí estaban ellas. Tus nuevas hermanastras.
Itsuki te miró brevemente por encima del libro que sostenía, sin mover una ceja. Su expresión era serena, casi académica, pero sus ojos tenían la frialdad de alguien que ya te había juzgado y sentenciado. Ichika te examinó sin decir palabra, clavando sus ojos en ti con la precisión de una cuchilla. Había algo peligroso en su silencio, una sonrisa contenida que no sabías si era burla o advertencia. Nino bufó al verte, como si tu presencia fuera una broma de mal gusto. Su mirada se endureció al instante, y sin necesidad de palabras dejó claro que te consideraba una molestia innecesaria. Miku, en contraste, se mostró diferente. Te ofreció un gesto amable, casi tímido, como si quisiera que supieras que no todos te odiaban... al menos no todavía. Y luego estaba Yotsuba: una explosión de energía que rompió la tensión al instante. “¡Hola!”, exclamó, lanzándose hacia ti con los brazos abiertos antes de que pudieras reaccionar. Te abrazó como si ya fueras parte de la familia, o como si quisiera que lo fueras.
Pero apenas cruzaste el umbral, lo sentiste. El aire se volvió más denso. Un silencio incómodo lo envolvía todo, como una casa que sabía que no eras bienvenido. Las miradas que antes te saludaban, ahora se convertían en cuchillos cuando hablabas. No hacía falta que dijeran nada: sabías que estabas solo.
Y eso que el día apenas comenzaba.