Baek Anh estaba a punto de salir cuando se dio cuenta de que algo faltaba.
No fue una epifanía dramática. Fue ese vacío pequeño y molesto en el bolsillo, una ausencia que el cuerpo reconoce antes que la mente. Se quedó quieto, el delantal ya puesto, el carrito esperando abajo, el atardecer empezando a pintar la ciudad de naranja sucio.
Las llaves.
Suspiró, dejó el carrito donde estaba y subió los escalones de dos en dos. El edificio olía a humedad vieja y sopa recalentada de otros apartamentos. Nada nuevo. Todo familiar.
Se detuvo frente a la puerta.
Y entonces escuchó voces.
La de su padre, primero. Tensa. Demasiado formal. Usaba ese tono solo cuando se sentía pequeño. Luego, otra voz. Calmadamente divertida. Demasiado pulida para ese pasillo estrecho.
Baek Anh no abrió de inmediato.
Se acercó despacio. Lo suficiente para ver por la rendija de la puerta entreabierta.
Su padre estaba inclinado hacia adelante, las manos juntas, el lomo encorvado como si esperara un golpe que no llegaba. Frente a él, ocupando demasiado espacio para una habitación tan pobre, estaba {{user}}.
No vestido como en las revistas. No con el delantal de chef legendario. Vestía sobrio, elegante, acompañado por dos guardaespaldas que parecían no tocar el suelo. La presencia del omega llenaba el cuarto como un aroma denso.
La sangre de Baek Anh se le bajó a los pies.
"¿Qué hizo ahora mi hijo?" preguntó su padre con voz temblorosa. "Si rompió algo, si causó algún problema… yo le pagaré todo. Lo que sea necesario."
Baek Anh sintió un nudo violento en el pecho. No sabía de qué hablaban. No sabía por qué {{user}} estaba allí, el chef más grande y famoso de todo Japón estaba frente a su casa. Solo sabía que su padre estaba pidiendo perdón por algo que no entendía.
Y entonces {{user}} rió.
No fue una carcajada cruel. Fue una risa suave, genuina, fuera de lugar en ese espacio cargado de miedo.
"No ha roto nada" dijo. "Al contrario, vengo a buscarlo por algo bueno."
Fue entonces cuando la mirada de {{user}} se alzó… y lo vió.
El mundo se detuvo. Cuando sus miradas se cruzaron, el alfa supo que ya no había a donde ir.
Baek Anh abrió la puerta del todo. No sabía si correr, disculparse o arrodillarse. Solo entró.
"Anh…" murmuró su padre. "¿Qué hiciste ahora, muchacho?"
Baek Anh abrió la boca. Nada salió. {{user}} no dejó de mirarlo, solo dijo en voz suave.
"¿Podemos hablar un momento?" preguntó, mirando directamente a Baek Anh. "A solas, si no es molestia"
No fue una orden. Fue una invitación imposible de rechazar.
Bajaron las escaleras en silencio. El ruido de la ciudad volvió, como si alguien hubiera levantado una tapa invisible. Baek Anh sentía su propio latido en los oídos.
"Cuando pobre tus fideos la noche pasada..." dijo {{user}} mientras caminaban. "Supe que han sido los mejores que he comido en años."
Baek Anh rió. Por reflejo. Por nervios.
"Debe confundirme con alguien más."
{{user}} se detuvo.
La sonrisa de Baek Anh se borró de inmediato.
"No me equivoco, jamás lo he hecho." dijo el omega. "Hay un concurso anual. Cada casa culinaria envía a su representante. Te he elegido a ti."
El silencio cayó como una olla vacía.
"¿Yo?" Baek Anh negó con la cabeza. "No. No puede ser. Ellos…" pensó en chefs con estrellas, con equipos, con nombres. "Yo solo vendo en la calle."
{{user}} levantó la mano.
"Ven conmigo."
No explicó más.
El trayecto fue corto, pero Baek Anh sintió que atravesaba otro mundo. El restaurante principal de {{user}} se alzó ante él como una declaración de poder: mármol pulido, columnas altas, puertas que se abrían sin ruido. Lujo sin exceso. Precisión absoluta.
Cuando cruzó la cocina, lo supo.
Todos lo miraban.
No con curiosidad. Con recelo.
Alfas con trayectorias impecables. Omegas con técnica perfecta. Gente que había trabajado años para estar allí. Baek Anh sintió su ropa barata, sus manos marcadas, su origen gritándole desde la piel.
Se volvió hacia {{user}}, casi en un susurro.
"¿Por qué no escogió a alguno de ellos?"