Era de noche. Las luces del pasillo parpadeaban con ese zumbido eléctrico que siempre te ponía nerviosa. Ya habías dejado de mirar el reloj. Estabas segura de que esta vez no volvería. Llevaba cuatro días desaparecido. Ni un mensaje, ni una llamada. Como siempre… pero peor.
Justo cuando estabas por apagar la luz del departamento, alguien tocó la puerta. Una sola vez. Fuerte. Seca. Precisa.
Ya sabías quién era.
Cuando abriste, ahí estaba. Anton. De pie como si nada, con el mismo corte de pelo que nunca cambiaba, el rostro inexpresivo, y los mismos ojos que te miraban como si vieran el mundo en cámara lenta.
No dijo “hola”. Ni “lo siento”. Ni “vine porque te extrañé”. Solo entró. Cerró la puerta tras de sí.
Luego te miró.
-No tienes que saber dónde estuve. Pero ya no voy a irme por un tiempo.
Hace una pausa larga
-¿Dormiste bien estos días…?