El edificio había sido un refugio improvisado, antes de que los infectados lo arrasaran. Los cuerpos estaban fríos, las paredes ennegrecidas, y el silencio… abrumador. Joel caminaba adelante, escopeta en mano, la mandíbula apretada y los ojos atentos a cada sombra. Tú revisabas los rincones a pocos metros de él, buscando recursos o... supervivientes.
Y entonces, lo escucharon.
Un quejido. Apenas un murmullo frágil que no coincidía con el horror alrededor. Joel alzó una mano y tú te detuviste. Lo seguiste hasta una puerta de madera astillada. Él la empujó con la bota, sin soltar el arma.
Y ahí estaba.
Un bebé. Solo. En una cuna improvisada hecha de ropa sucia y mantas rotas. Lloraba con un hilo de voz como si el llanto ya no le alcanzara el cuerpo.
—Mierda... —murmuró Joel, bajando lentamente el arma—. No puede ser…
Te miró. No era el Joel que usaba chistes secos ni el que disparaba sin pestañear. Era otro. Más viejo. Más humano.