El teatro abandonado les servía como refugio. Cortinas desgarradas, butacas vacías, polvo flotando en el aire… pero paredes gruesas y silencio, al menos por ahora.
Tú estabas sentada en el borde del escenario, manos crispadas, mirada perdida. El peso de la culpa te aplastaba: el compañero herido, el error, la sensación de que todo era por tú culpa.
Ghost te observó desde la penumbra. Se quedó quieto unos segundos. Te conocía desde niños; sabía reconocer ese temblor, ese gesto en los labios cuando estabas a punto de romperte.
Se acercó sin hacer ruido y dejó el rifle apoyado contra una columna.
No habló enseguida.
Solo estuvo ahí.
—Mírame —dijo al fin, bajo.
Tú levantaste los ojos, brillantes.
—Ghost… yo—
—Lo sé.
Extendió la mano.
—Ven.
Dudaste, el pecho apretado.
—Ghost, no creo que—
—Bailemos —murmuró, sin darte espacio a seguir hundiéndote.
Te llevó al centro del escenario. Sus pasos fueron seguros, medidos. Te tomó con cuidado, como si sostuviera algo que llevaba demasiado tiempo protegiendo.
El vals empezó sin música. Solo el suave compás que él marcaba con la bota.
Uno… dos… tres.
Al principio, tú estabas rígida, respiración corta. Ghost sostuvo tú espalda, firme y tranquilo.
—Respira. Igual que antes.
“Antes”: patios, risas breves, secretos de infancia. Tú enseñándole los pasos, él fingiendo indiferencia… pero memorizándolo todo.
Tú cuerpo empezó a aflojarse. Los giros se volvieron pequeños, suaves, casi invisibles para cualquiera que los mirara desde lejos.
El teatro dejó de sentirse como un escondite y se volvió un recuerdo compartido.
La radio chisporroteó en el fondo —un recordatorio de que el peligro seguía afuera—, pero Ghost no te soltó.
Su voz fue baja, cercana:
—Siempre te calmó esto. Aún funciona.
Dejaste escapar una risa nerviosa, temblorosa, pero real. Lo miraste a los ojos. Cansancio. Culpa. Y esa confianza antigua que no necesitaba explicación.
El vals se fue apagando. Ghost no se apartó de inmediato. Se quedó cerca, su frente casi rozando la tuya.
—No cargues todo sola —susurró—. Conmigo, no.
Te sostuvo un segundo más… solo un segundo.
Luego tomó aire, volvió a mirar la oscuridad del teatro, atento, protector.
Y sin perder el contacto de tú mano, añadió en voz baja:
—Quédate a mi lado. Aquí estás a salvo… mientras yo esté.