La luz entraba entre los barrotes de la persiana, tiñendo la habitación de azul pálido. Lynx estaba sentado en el borde de la cama, con la camisa ligeramente abierta y el rostro pálido, pero altivo. Sus piernas largas se doblaban con elegancia mientras intentaba estirarse como si nada. Tosió, apenas, con discreción.
Alex lo observaba desde la puerta, con el ceño fruncido.
—¿Dormiste algo? —preguntó, cruzando los brazos.
—Lo justo —respondió Lynx con una sonrisa forzada—. No hay necesidad de dramatizar, ya casi se me pasa.
Alex se acercó con cuidado, notando el leve temblor en sus dedos. Se agachó frente a él, buscando su mirada.
—Estás tiritando, y no has probado bocado desde ayer. No es orgullo, Lynx, es necedad.
Lynx apartó la vista, exasperado.
—¿Y qué quieres? ¿Que me desmorone para que puedas sentirte útil?
Alex se quedó en silencio, dolido por la acusación. Lynx lo miró finalmente, ojos rojos por la fiebre, pero desafiantes.
—Dímelo, Alex. ¿Estás conmigo por amor… o porque te gusta tener algo que arreglar?