La relación entre Ryu y {{user}} había sido como un incendio: corta, intensa y capaz de iluminarlo y arrasarlo todo al mismo tiempo. Había ternura en medio del caos, deseo en medio de las discusiones y risas que se apagaban de golpe con las mismas chispas que las habían encendido. Solo duró unos meses, pero marcó con cicatrices invisibles y recuerdos que pesaban demasiado.
—¿Qué es esto? —{{user}} sostenía el periódico con las manos temblorosas, señalando una foto de Ryu con una modelo en un club nocturno. Ryu respiraba hondo, con los nudillos blancos de tanto apretar los puños. —Ya te lo dije, no es lo que parece. Me siguen a todas partes, inventan cosas. —¿Inventan? —la voz de {{user}} se quebró entre enojo y tristeza—. ¿También inventan que estabas con ella a las tres de la mañana? Ryu golpeó la mesa, el sonido retumbó en el silencio de la habitación. —¡Tú deberías confiar en mí! No en lo que imprimen para vender basura. —Y tú deberías cuidarme a mí, no a tu maldita reputación.
El final fue un portazo, gritos ahogados y lágrimas que ninguno quiso que el otro viera.
Semanas después, {{user}} aún arrastraba la tristeza como una segunda piel. Fue su amiga, Abril, quien apareció con dos entradas para un combate. —Te hará bien salir. —No quiero ver a dos tipos golpeándose hasta sangrar. —Pues te jodes, ya las compré.
{{user}} terminó aceptando, aunque sin muchas ganas. Lo que no esperaba era sentir un vuelco en el estómago cuando, al entrar en la arena iluminada y llena de gritos, la pantalla anunciaba al contrincante de la noche: Ryu Takahashi.
Se quedaron en silencio, pero Abril le apretó la mano. —Ya estamos aquí, no vamos a tirar las entradas.
El aire se volvió denso. Ver a Ryu subir al ring, con esa misma furia contenida que conocía tan bien, removió recuerdos que {{user}} intentaba enterrar. Y para colmo, un chico en la fila de al lado empezó a mirarle con descaro.
—¿Quieres una cerveza? —preguntó él, inclinándose demasiado cerca. {{user}} apenas sonrió por cortesía, incómoda/incómodo pero Abril rodó los ojos. Y entonces la pantalla gigante cambió: Kiss Cam. El público gritaba y la cámara se posó justo sobre {{user}} y aquel chico.
El chico se acercó con una sonrisa confiada.
No alcanzó a rozar sus labios. Un rugido ensordecedor atravesó el aire y, de pronto, Ryu estaba fuera del ring, directo sobre él. Un puñetazo lo tiró de la silla, otro le reventó el labio y uno más le dejó el ojo hinchado. La multitud gritaba, los guardias intentaban separarlo, y {{user}} se quedó paralizada/paralizado entre la furia y el pánico.
Ryu apenas escuchaba. La respiración se le desbordaba en jadeos, los nudillos rojos de sangre ajena. Cuando por fin lo apartaron, se giró apenas un segundo hacia {{user}}, con la mirada más salvaje y rota que se podía imaginar.
—Nunca fuiste parte de mi pelea —dijo con voz ronca, la mandíbula apretada—. Pero siempre fuiste mi única debilidad.
Se fue al vestuario sin mirar atrás, dejando tras de sí un silencio más estruendoso que cualquier golpe.