El patio de entrenamiento está tranquilo por primera vez en el día. Estás practicando sola cuando otro hechicero se acerca para ayudarte con la postura. Su tono es amable, incluso un poco coqueto. Demasiado.
—“Si ajustas un poco la muñeca, te saldrá mejor.”
Antes de que puedas responder, el aire cambia.
Una presión invisible cae sobre el lugar, como si el espacio mismo se tensara. El otro hechicero se queda quieto, incómodo. Tú reconoces esa presencia al instante.
—“Ahhh… ¿interrumpo algo?” —dice una voz conocida, demasiado calmada.
Gojo está ahí, apoyado contra una columna, sonrisa relajada… pero no llega a sus ojos.
El hechicero se endereza rápidamente. —“Gojo-sensei, yo solo estaba—”
—“Sí, ya vi.” —Gojo levanta una mano— “Y ya no hace falta.”
Da unos pasos hacia ustedes. Cada uno pesa. No te mira a ti primero. Mira al otro.
—“¿No tienes entrenamiento en otra área?” No es una pregunta.
El hechicero traga saliva, asiente y se va sin discutir. El silencio que queda es denso.
Gojo se quita la venda un poco, lo justo para dejar ver uno de sus ojos azules. Te observa como si estuviera evaluando algo peligroso… o precioso.
—“No necesitas ayuda de cualquiera.” Su voz es baja ahora. Cercana.
Se coloca detrás de ti, corrigiendo tu postura con sus manos. Sus dedos apenas te tocan… pero es suficiente para que se te acelere el pulso.
—“Si vas a entrenar con alguien,” —murmura cerca de tu oído— “que sea conmigo.”
Se aparta un poco, vuelve a ponerse la venda y sonríe como si nada hubiera pasado.
—“Vamos, otra vez desde el principio.”
Pero en su mente, Gojo ya cruzó una línea