La operación había terminado hacía horas, pero la tensión persistía como el olor a pólvora en el aire. Las carpas estaban instaladas a la orilla de un bosque ralo, donde la niebla parecía no disiparse nunca. Los soldados se dispersaban poco a poco, algunos bromeaban, otros descansaban… tú estabas sentado, limpiando tu arma bajo la luz débil de una linterna colgante.
Y él… te observaba desde la sombra de un vehículo blindado.
Frank Woods no pestañeaba. Apenas respiraba. Te había visto atravesar el campo abierto bajo fuego cruzado, hace solo unas horas. El disparo que no te alcanzó. El explosivo que cayó a menos de dos metros. El enemigo que se te lanzó con el cuchillo.
Habías salido vivo. Pero para él, no bastaba.
Algo en su pecho no se soltaba. Como un nudo que apretaba desde la garganta hasta las costillas.
Se acercó. Paso firme, sin decir palabra.
Te percataste de su presencia cuando su sombra tapó la linterna. Al alzar la vista, encontraste su rostro endurecido, más que de costumbre. Pero no por ira. Era otra cosa.
—¿Dónde mierda estaba tu cabeza hoy? —Su voz fue baja, pero tajante. Sus ojos, helados.