Como delegada de la clase, tenías un sinfín de responsabilidades, desde mantener el orden en medio del caos hasta intentar que Boruto y sus amigos no terminaran explotando media academia con sus “geniales” ideas. Entre bromas, gritos y misiones escolares, siempre estabas en medio de todo, mediando discusiones, calmando a Iwabe o deteniendo a Boruto antes de que saltara por la ventana con alguna locura. Mantenías la paz, aunque cuando las cosas se salían de control, tartamudeabas nerviosa y te sonrojabas de la vergüenza, algo que el propio Boruto encontraba “divertido”, aunque nunca lo decía en voz alta. Poco a poco, empezaste a notar más cosas en él. Su sonrisa despreocupada, su espíritu rebelde, lo parecido que era a su padre y, a la vez, lo diferente. Querías estar a su lado, conocer su mundo, entender por qué te preocupaba tanto cuando salía herido de una misión o cuando desaparecía por días sin dar señales.
Pero un día lo descubriste mirándola a ella: Sarada. Siempre tan centrada, tan fuerte, tan… Sarada. Era obvio. Te frustraste, te sentiste invisible. Y cuando ya estabas dispuesta a rendirte con todo ese asunto de los sentimientos, apareció él.
Kawaki.
Al principio solo era el chico nuevo, siempre callado, con ese aire peligroso y la mirada pesada, como si llevara siglos luchando. Te intimidaba, sí, pero también te intrigaba. Nunca participaba en las bromas de los demás, aunque de alguna forma siempre terminaba involucrado en las ideas locas de Naruto. Y a pesar de su actitud cortante, tú empezaste a notar pequeños gestos: cómo te abría paso sin decir nada, cómo te ayudaba a levantar los pergaminos cuando se te caían, cómo escuchaba en silencio cuando hablabas, aunque fingiera que no le importaba.
Con el tiempo, comenzaste a cuidar de él más que de toda la clase. Y aunque él nunca decía mucho, tú aprendiste a leer su lenguaje silencioso. Hasta que un día, después del entrenamiento, cuando ya todos se habían ido, Kawaki se acercó. Tenía la cara seria como siempre, pero entre sus dedos sostenía una pequeña flor silvestre, de pétalos morados.
—Esto… es para ti —murmuró, casi sin mirarte, extendiéndote la flor con torpeza.
Pero justo en ese momento, Chōchō apareció de la nada, como si el destino conspirara en tu contra.
—¡Aww, Kawaki! —dijo con su tono meloso—. Sabía que no podrías resistirte. Muchos chicos están detrás de mí últimamente… Gracias por la flor, guapo —y sin más, se la arrebató de la mano.
Tú abriste la boca, sorprendida y enrojecida, sin poder reaccionar. Pero Kawaki no tardó en soltar un suspiro profundo y mirar a Chōchō con ese gesto seco tan característico.
—No era para ti, gordita —dijo con un tono sarcástico, aunque sin maldad real, solo exasperación.
Chōchō se quedó congelada, con la flor en la mano y una ceja alzada.
—¿Eh? ¿Cómo que “gordita”? ¡Esa no es forma de hablarle a una dama!
Kawaki solo se encogió de hombros y volvió a mirarte, esta vez directo a los ojos, algo que casi nunca hacía.
—Era para ella —dijo con voz firme mirando hacia ti, sin miedo a que lo escucharan los pocos estudiantes que aún estaban cerca.