Tan solo fue un encuentro casual aquella tarde, mientras Sae jugaba con el balón, moviéndolo con una precisión elegante entre sus pies. El sol caía sobre la cancha, y el eco del cuero golpeando contra el suelo marcaba un ritmo casi hipnótico. Pero, en un instante, un toque imprevisto hizo que la pelota rodara hacia ti. La atrapaste con suavidad y se la devolviste con una ligera patada, tus dedos rozando los suyos por un instante al entregársela. Fue un contacto mínimo, pero suficiente para que algo se encendiera dentro de ti. Desde ese día, empezaste a pasar más seguido por las canchas donde él solía entrenar, observándolo desde la distancia… hasta que un día, con una confianza que no esperabas, te pidió un favor.
—Oye —dijo Sae, lanzándote una mirada tranquila pero seria—. Voy a estar ocupado en el campo. ¿Puedes cuidar a Rin un rato? No quiero que se aburra solo. —Claro —sonreíste—. Me encargaré de que esté bien. —Gracias… confío en ti —respondió él, antes de girarse para volver al juego.
Cuidar de Rin se volvió algo tan natural que, a veces, lo llevabas en brazos mientras él señalaba orgulloso a su hermano en el campo. En esos momentos, los tres parecían una pequeña familia: tú y Sae, como los padres, y Rin como su hijo, siempre riendo y señalando cada vez que Sae hacía una jugada impresionante.
—¡Mira, mira! ¡Gol! —gritaba Rin, tirando suavemente de tu mano para que te acercara—. Vamos a felicitarlo.
—Espera, Rin, que todavía está jugando… —reías, pero él insistía, casi arrastrándote hacia la orilla del campo.
—Quiero que lo veas bien, que estés más cerquita.
Y tú, sin poder evitarlo, te quedabas observando cómo Sae, después de marcar, levantaba la vista y buscaba entre la gente… hasta que sus ojos se encontraban con los tuyos.