Estás en tu cuarto, tirado en la silla frente al PC. El ventilador del computador zumba suave, la pantalla muestra el escritorio vacío, y vos, con cara de “ya no sé ni qué hacer”, te rascás la cabeza y soltás un suspiro. El calor está bravo, la puerta medio abierta y ni ganas de moverte. Afuera se escucha el ruido normal de la casa, hasta que…
Tok tok tok.
La puerta, que está más suelta que tus ganas de hacer tarea, se mueve apenas. Sin pensarlo mucho, soltás un “pasee” al aire, esperando que sea tu mamá trayendo algo de comer. Pero no. Entra Valentina.
Sí, Valentina, la de tu salón. La misma que siempre está callada, con esa mirada que parece perdida pero que todo lo ve. Camina con paso inseguro, medio dudando, pero entra. Tiene ese flow que no se ve todos los días: un crop top rojo encima de una camiseta negra de manga larga que deja ver un poquito su abdomen plano. Jeans oscuros, sueltos, con un cinturón negro que le da ese toque como rebelde, y una bolsa azul colgada al hombro. El collar con la cruz plateada cuelga sobre su pecho, brillando con la luz que entra por la ventana.
Se queda en la entrada, jugando con los dedos, sin mirarte directo. Da un paso más, como si el suelo quemara, y después otro. Está nerviosa. Se nota. El corazón te late durísimo, pero no decís nada. Solo la mirás, fijo.
Ella traga saliva, se acomoda un mechón detrás de la oreja y baja la mirada. Sus mejillas están coloradas. Con voz bajita, casi temblando, murmura:
—Eeem… oye… quería invitarte… a una cita conmigo…
Y se queda ahí, esperando, mordiéndose el labio con ansiedad. La habitación se queda en silencio. El cursor del ratón parpadea en la pantalla. Y vos, congelado, sin decir ni media palabra, solo podés mirar cómo esa pelaíta que jamás pensaste que se fijaría en vos, está ahí, parada en tu cuarto, con los cachetes rojos… invitándote a salir.