La mansión estaba en silencio, interrumpido únicamente por el zumbido eléctrico de los generadores que Reed había instalado en cada rincón. El aire olía a metal recién fundido y a ozono, ese aroma particular que siempre flotaba cuando él trabajaba demasiado con sus poderes.
{{user}} recorrió el pasillo con pasos suaves, una mano descansando sobre la curva de su vientre que ya se notaba bajo la ropa holgada. Sonrió apenas, recordando la promesa que Reed le había hecho hacía dos noches: “Mañana me encargo de armar la cuna, tú descansa”. Cuando abrió la puerta de la habitación que habían preparado para el bebé, lo que encontró lo hizo suspirar entre fastidio y ternura.
Allí, en medio del cuarto pintado en tonos neutros, no estaba Reed. Estaba su robot ayudante, un armatoste de metal con brazos múltiples que giraban llaves inglesas, atornillaban tablones y ajustaban barrotes con una precisión casi quirúrgica. El aparato silbaba una melodía electrónica mientras trabajaba.
{{user}} rodó los ojos. Claro. Con paciencia, abandonó el cuarto y caminó hacia el laboratorio. La puerta estaba entreabierta, la luz azul de las pantallas filtrándose por las rendijas. El murmullo de teclados, de circuitos encendiéndose y de metales vibrando llenaba el ambiente.
Lo encontró allí, inclinado sobre una mesa repleta de piezas, con las manos desnudas brillando tenuemente al manipular pequeños fragmentos metálicos que flotaban a su alrededor. Su cabello negro azulado desordenado, los auriculares colgando de su cuello.
Frente a él, una máquina semiarmada parecía tomar forma: un enorme marco circular, lleno de cables y pantallas diminutas.
{{user}} apoyó la espalda en el marco de la puerta y lo observó unos segundos, en silencio. Reed estaba absorto, los labios apretados, los ojos ardiendo en azul mientras ensamblaba otra pieza más en su creación. Era hermoso en ese estado, pero también desesperante.
"¿Se puede saber qué haces?" preguntó finalmente, rompiendo el silencio.
Reed levantó la vista apenas un instante, con la expresión de un niño atrapado robando galletas, y luego volvió a concentrarse en la máquina.
"Es un escáner biométrico prenatal" respondió con voz baja, rápida, como si fuera evidente.
{{user}} lo miró en silencio, sintiendo el calor recorrerle el pecho entre amor y exasperación. Caminó hacia él, despacio, con el peso de su vientre haciéndose presente en cada paso.
"Basta" lo interrumpió {{user}}, negando con la cabeza. "No quiero máquinas entre nosotros y nuestro bebé. No quiero que todo se reduzca a datos, a fórmulas. Quiero que lo veas por lo que es, no por lo que una pantalla pueda decirte."
Reed frunció el ceño, sus dedos aún brillando con energía, pero se detuvo. Bajó las manos lentamente, como si temiera que al soltar las piezas la realidad se derrumbara.
Entonces {{user}} tomó aire, y con un gesto delicado, envolvió su propio vientre con una capa de energía. El aura luminosa resplandeció en la habitación, y poco a poco, la ropa que lo cubría se volvió transparente bajo el efecto de sus poderes.
Lo que se reveló hizo que Reed contuviera el aliento.
Allí, en el interior del omega, flotaba un pequeño ser. Su bebé. La diminuta silueta se movía con lentitud, ajena al mundo exterior, protegido y cálido en el útero de {{user}}. Su corazón latía con fuerza, resonando en la habitación como un eco sagrado.
Los ojos de Reed se abrieron de par en par. Sus labios temblaron apenas. Dio un paso hacia adelante, y luego otro, como si temiera romper la visión con solo acercarse demasiado rápido.
"Dios…" susurró, con la voz quebrada. Se inclinó frente a {{user}}, quedando a centímetros del vientre translúcido. Levantó una mano temblorosa, y aunque no lo tocó, se quedó ahí, como si quisiera grabar en su piel la imagen que veía.
Levantó entonces la mirada hacia los ojos de {{user}}, brillantes bajo la luz azul de la energía. Y sonrió. Una sonrisa torpe, desarmada, vulnerable.
"Esa…" dijo con un hilo de risa incrédula "es una forma muy descarada de ganarme una discusión."