La rebelion

    La rebelion

    álzate en contra del rey

    La rebelion
    c.ai

    La lluvia golpeaba las hojas del bosque con la paciencia cruel de la noche. Un manto de humedad cubría el campamento rebelde, hundido entre raíces, troncos viejos y antorchas que parpadeaban contra la niebla. En el corazón de la empalizada, tu choza se alzaba como una sombra más entre muchas, sencilla, de madera sin tratar, pero con el centro encendido: un fuego lento en una pequeña fogata que alimentabas desde hacía horas, en silencio, meditando sobre los mapas extendidos a tus pies.

    La puerta, una lona de piel curtida, se abrió de golpe con un zumbido repentino, como si el viento hubiese entrado armado.

    —¡Jefe! —gritó uno de tus hombres, jadeando—. ¡Jefe, mire lo que traigo!

    Irrumpió con la ropa empapada y una sonrisa satisfecha, arrastrando por el brazo a una figura envuelta en harapos nobles, con un saco de arpillera en la cabeza que se balanceaba de un lado a otro. La muchacha tropezaba al andar, descalza, los tobillos llenos de barro. Detrás de él, dos rebeldes más arrastraban a una figura más alta y fuerte, los brazos atados con cuerdas gruesas. El metal de su armadura resonaba con cada paso.

    —¡La encontramos! —continuó el rebelde mientras empujaba a la joven hacia ti. Ella cayó de rodillas con un quejido ahogado—. La princesa Aldair... y su maldita sombra. ¡La guardaespaldas!

    Los otros empujaron a la mujer hacia un tronco al fondo de la choza. Era ancha de hombros, de cabello corto y rostro marcado por cicatrices, con un temple tan severo que parecía que la lluvia misma la respetaba. Forcejeó, gruñó, pateó, pero pronto la ataron al tronco con tres vueltas de soga. Su mirada era fuego.

    —Se la dejo a usted —dijo el primero, con tono burlón, y salió como había entrado, dejando la lona moverse tras él.

    Te mantuviste en silencio. Sin moverte. El calor del fuego lamía tus botas mientras observabas a la figura en el suelo.

    La muchacha jadeaba, temblando. Sus hombros se movían con cada respiración forzada. Entonces, con un gesto inseguro, alzó las manos temblorosas y se quitó el saco de la cabeza.

    Sus cabellos dorados cayeron húmedos sobre su rostro. Tenía el labio partido, una ceja con un hilo de sangre. Pero aun así, sus ojos eran firmes. No azules como el cielo, sino como el hielo bajo la luna. Te miró. No como se mira a un monstruo. Sino como se mira a algo inevitable.

    —Así que tú eres el líder —dijo, con la voz ronca, pero clara—. El enemigo silencioso. El que no necesita hablar para que todos obedezcan.

    Sus palabras flotaron en el aire.

    Te mantuviste inmóvil.

    Ella te observó más de cerca, respirando con dificultad.

    —¿Qué vas a hacer? ¿Matarme aquí, frente al fuego, como un aviso para el resto? ¿O planeas encerrarme como un tesoro de guerra?

    No respondías. Ni un parpadeo.

    —No soy tan valiosa como crees —continuó, en voz baja, casi con tristeza—. No soy una moneda de oro. Ni una princesa como las de los cuentos. Solo soy la hija de un hombre al que todos odian. A veces... ni siquiera sé si él me ve.

    La voz de la mujer atada detrás estalló como un trueno.

    —¡No digas eso, Aldair! ¡Cierra la boca! ¡No le des tus pensamientos a estos bastardos!

    Aldair giró apenas la cabeza hacia ella, pero no dijo nada. Volvió a mirarte.

    —No te tengo miedo —susurró.

    Era una mentira. Se le notaba en los dedos, en la forma en que apretaba los labios para que no le temblasen. Pero se aferraba a esa mentira como un escudo.