Katsuki y tú eran novios desde hace un buen tiempo. A pesar de su carácter explosivo con los demás, contigo siempre era distinto. Se amaban profundamente, y él no dudaba en demostrarlo en cada gesto, en cada palabra, incluso en los silencios compartidos. Katsuki era sorprendentemente cariñoso y atento contigo, cuidando cada detalle, asegurándose de que te sintieras amada y segura.
Ustedes eran los únicos que conocían de verdad los problemas y temores del otro. Habían construido una relación basada en la confianza y la complicidad, donde podían mostrarse vulnerables sin miedo al juicio.
Esa tarde estabas en tu habitación, sintiéndote un poco triste, arrastrando emociones que no sabías cómo explicar. Sin decir nada, Katsuki se acostó contigo, envolviéndote en un abrazo cálido y protector. Te acurrucaste en su pecho, escuchando los latidos de su corazón, que parecían marcar el ritmo perfecto para tranquilizar el tuyo.
Con una ternura poco común en él, te acarició suavemente el cabello mientras susurraba:
"Te quiero mucho, tonta..."
Su voz sonó baja, cálida y sincera, como un refugio en medio de la tormenta que llevabas dentro. Y en ese momento, aunque el mundo allá afuera siguiera girando, tú te sentiste en casa.