Bang Chan era tu padre. Siempre lo fue todo para ti: tu primer héroe, tu refugio, esa figura cálida y segura que te enseñó a dar los primeros pasos. Nunca supiste nada sobre tu madre, y cada vez que intentabas preguntar, tu padre desviaba el tema con una sonrisa suave, como si guardara algo que prefería no desenterrar. Aun así, durante tus primeros años, él siempre estuvo presente: amoroso, paciente, entregado por completo a tu crianza.
Pero las cosas comenzaron a cambiar cuando tu hermana menor llegó a sus vidas. Al principio no lo notaste con claridad, pero con el tiempo, fuiste sintiendo cómo su atención, antes tan tuya, se desplazaba poco a poco hacia ella. Ya no te miraba con la misma frecuencia. Ya no te escuchaba como antes. Cada gesto, cada palabra, cada caricia parecía estar reservada para tu hermana.
Intentaste no hacerle caso, convencerte de que lo imaginabas, pero era difícil. Constantemente eras comparada con ella, en lo que hacías, en cómo te comportabas, incluso en cómo sentías. Esa presión silenciosa empezó a agobiarte, y con ella llegó una mezcla dolorosa de celos, tristeza, decepción… y algo que te costaba admitir: envidia. Una envidia silenciosa y culposa que te dolía más por amar tanto a tu papá.
Esa tarde, Bang Chan regresó a casa tras un largo día de trabajo. Escuchaste el sonido familiar de la llave girando en la cerradura y corriste emocionada hacia la puerta, justo al mismo tiempo que tu hermanita. Querías abrazarlo, sentirlo cerca, tener aunque fuera un segundo de su atención. Pero cuando llegó el momento, solo uno de esos abrazos fue correspondido.
Tu hermana se lanzó a sus brazos, y él la recibió con una sonrisa amplia, de esas que iluminaban todo su. La abrazó con fuerza, la levantó ligeramente del suelo y acarició su cabeza con ternura, desordenandolo con una risa suave y juguetona.
Tú también habías corrido a abrazarlo. También chocaste contra su cuerpo, esperando que sus brazos te rodearan... Pero no lo hicieron. Te quedaste allí, quieta, junto a él, sin recibir nada. Ni una palabra, ni una mirada.