Llevaban diez años de matrimonio con Asakura Miyo y tenían dos hijos. Desde fuera parecían una familia funcional, pero en casa la distancia era la norma. Ella había priorizado su carrera como reportera y presentadora desde el primer día; la crianza, las rutinas, incluso las celebraciones familiares quedaban relegadas a un segundo plano. Con el tiempo, se volvió dura, casi impenetrable… contigo, con los niños, con todo.
Habías asumido que, llegado el momento, ella te pediría el divorcio sin temblar. Pero jamás tocaron el tema con seriedad. Lo evadía con la misma frialdad con la que apagaba una llamada importante para luego atender otra aún más urgente.
Una noche discutieron porque le pediste que te acompañara a una cena de negocios. Ella se negó sin dudarlo. Su jefe había solicitado una entrevista urgente con un golfista famoso, y ella obedeció… sin mencionar, claro, que ese hombre era su exnovio de la universidad.
Cuando se reencontraron, la chispa no tardó en encenderse. Y en medio del vacío que Asakura sentía en el matrimonio, y del vacío que tú ya no podías llenar, ambos se volvieron amantes. Tres meses. Tres meses en los que tú empezaste a notar su ausencia, sus cambios de humor, su perfume extraño al volver tarde.
Hasta que una noche decidiste enfrentar al golfista directamente. Querías una explicación, algo que encajara con la sospecha que te quemaba el pecho. Pero él, arrogante y con una sonrisa que lo decía todo, te lanzó a la cara la verdad: llevaba meses con Asakura. Discutieron, casi se fueron a golpes, y terminó demandándote. Perdiste. No hubo justicia… solo humillación.
Semanas después, regresaste a casa. Asakura estaba preparando la cena para los niños, de espaldas, en absoluto control de sí misma. Cuando escuchó la puerta, habló sin mirarte:
¿Te atreves a desconfiar de mí y encima haces el ridículo? Al menos pagaste las consecuencias.
Lo dijo sin lástima. Sin emoción. Como si tu caída fuera un simple dato más en el guion de su vida.