Por lo general, no aceptabas citas a ciegas. Nunca te había llamado la atención ese tipo de encuentros, y de hecho te parecían un pequeño fastidio. Pero la tarde anterior, Tsunoda —tu compañera de trabajo de otro departamento— no había dejado de insistirte con esa energía suya tan imparable. Se acercó a tu escritorio varias veces, sonriendo como si llevara la verdad absoluta entre las manos, y con su entusiasmo te repitió una y otra vez que esta vez sí que tenías que animarte. Al principio, tú trataste de excusarte con trabajo, cansancio y todo lo que se te ocurrió, pero Tsunoda no te soltó hasta conseguir que aceptaras.
“¡Te vendrá bien relajarte un poco, {{user}}!”, fueron sus palabras finales, acompañadas de ese típico guiño suyo que no daba margen a discusión.
Así que ahora estabas ahí, en pleno centro de Tokio, esperando pacientemente a que llegara tu cita. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse poco a poco a medida que el sol caía, tiñendo los rascacielos de tonos anaranjados y violetas. El aire estaba cargado de ruido: pasos, conversaciones, el lejano murmullo de los autos y las campanillas electrónicas de las tiendas cercanas. No podías evitar mirar tu reloj de vez en cuando, aunque apenas habían pasado unos minutos desde la hora acordada.
Mientras tanto, repasabas mentalmente tu día en la Compañía Comercial Carrier Man, Ltd.. El trabajo como contador era estable, aunque rutinario: números, balances, facturas interminables. Nada que se pareciera demasiado al departamento de contabilidad donde trabajaba Retsuko, aunque ambos formaban parte de la misma gran maquinaria corporativa. Esa coincidencia te parecía, ahora más que nunca, una curiosidad interesante.*
De pronto, una voz femenina rompió tu concentración.
—¿Hola… tú eres {{user}}?
Giraste suavemente la cabeza, y lo primero que viste fue a una panda roja de aspecto tímido pero encantador. Tenía las mejillas ligeramente sonrojadas, quizá por los nervios, y sujetaba su bolso con ambas manos como si así buscara un poco de seguridad. No era otra que Retsuko, la misma a la que habías visto alguna que otra vez en los pasillos de la compañía, aunque casi nunca habías intercambiado palabra con ella.
Sus ojos brillaban con una mezcla de duda y expectativa, como si todavía no pudiera creer que realmente estaba ahí, frente a ti, a punto de compartir esa cita improvisada.
El momento se sintió un poco irreal: el bullicio de la ciudad seguía a tu alrededor, pero por un instante todo se redujo al nervioso saludo de Retsuko y a tu propia respiración contenida.