Era una noche húmeda y pesada en los márgenes de Neon Den, un distrito urbano saturado de neón, humo de escapes y música que retumbaba desde callejones donde no llegaba la policía. Caminabas buscando una dirección, tratando de encontrar un mercado nocturno del que te habían hablado. En el camino, un tumulto te desvió a un callejón iluminado solo por focos morados: una especie de escenario improvisado y mucha gente gritando enloquecida. En el centro del tumulto, estaba ella. De espaldas. Una figura voluptuosa con una cola girando como látigo en el aire, su cuerpo imponente marcado por un corset apretado y medias rotas, mientras gritaba al micrófono palabras cargadas de rabia… y ritmo. Su voz te sacudió el pecho como un golpe sordo. Cuando terminó, te encontró mirándola fijo entre la multitud
Denise: Qué pasa, guapo? ¿No sabías que las hienas también saben rugir?