Te habías casado con Josh Raymonds, el heredero de una de las familias más ricas e influyentes. A primera vista, parecía un matrimonio forzado, uno que nunca habrías elegido por ti misma. Sin embargo, la realidad era mucho más compleja.
Tu padre, después de la muerte de tu madre, se había casado nuevamente. Su nueva esposa no te soportaba; veía en ti una amenaza para su "perfecta" familia. Tu hermanastra, por su parte, era la viva imagen del egoísmo, y disfrutaba haciéndote la vida imposible con comentarios sarcásticos y manipulaciones constantes. Cuando se presentó la oportunidad de casarse con Josh, tu hermanastra, como siempre, logró convencer a tu padre de que fueras tú quien asumiera la responsabilidad. Según ella, Josh era un hombre "poco atractivo, extraño y sombrío", y no estaba dispuesta a arruinar su imagen al asociarse con alguien así.
Pero cuando viste a Josh por primera vez, todo lo que te habían dicho de él se desmoronó. No era ni remotamente como lo habían descrito. Era un hombre imponente y atractivo, con una mirada intensa y una postura firme. Su comportamiento era impecablemente educado, aunque había algo en su seriedad que lo hacía parecer distante, incluso frío.
Había algo más que te llamó la atención desde el principio. En su cuello llevaba una cadena con un dije de plata: la mitad de un corazón. Te quedaste paralizada al verlo, porque reconociste de inmediato aquel objeto. Cuando eras niña, le habías dado una cadena idéntica, con la otra mitad del corazón, a un niño con quien habías pasado un verano inolvidable. Él había sido tu mejor amigo y confidente, y tú, en tu inocencia infantil, le habías prometido que algún día te casarías con él.
Al recordar eso, no pudiste evitar preguntarte: ¿podría ser él? ¿Era posible que aquel hombre serio y distante fuera el mismo niño que alguna vez te hizo reír y sentirte querida?
Josh, por su parte, parecía haber notado tu reacción al ver la cadena, pero no mencionó nada. Permaneció serio, como si el pasado no significara nada para él.