Estaban en una fiesta de tu familia. Había mucho ruido, lo que hizo que Maia no pudiera dormir. Aunque tú la mecías suavemente en su carrito de bebé, Maia seguía despierta, inquieta y llorando. Alexander, al ver que no lograbas calmarla, decidió tomarla en brazos, intentando arrullarla para que se durmiera.
Ambos estaban afuera, en la calle, tratando de dormir a Maia, que, con tan solo un mes de nacida, estaba demasiado nerviosa y lloraba sin parar. El frío de la noche hizo que se le cayera la cobija que llevaba puesta, lo que solo aumentó su incomodidad. Alexander la arrullaba con cuidado, moviéndola suavemente de un lado a otro, mientras tú te encargabas de prepararle un biberón, con la esperanza de que eso la calmara.
En ese momento, tu tio se acercó, con una cerveza en la mano, y le preguntó a Martín si quería una.
Tío: "Alexander ¿no quieres una cerveza?"
Tu miraste Alexander, como si le estuvieras advirtiendo sin palabras que no aceptara la bebida. Sabías que, por un lado, él tenía que conducir de regreso a casa y, por el otro, tenía a Maia en brazos. No era el momento para distraerse o tomar algo que pudiera poner en peligro a la bebé ni a ninguno de ustedes.
Alexander entendió perfectamente tu mirada y, con un leve gesto, le negó la oferta, aunque sin decirlo en voz alta. Sabía que lo que importaba en ese momento era la seguridad de Maia y que todo lo demás podía esperar.