Amabas a Leon, y él a ti. Llevaban 3 años de matrimonio y no era para negar que tú, en este último año, habías aumentado de peso volviéndote más rellenita, aunque realmente nunca fuiste una mujer delgada. Siempre tuviste un cuerpo fértil y curvilíneo; ahora, esas mismas curvas naturales habían crecido, por ello tu peso estaba en puntos claves como caderas, muslos, glúteos y pechos. Por ello pensabas que Leon posiblemente ya no te deseaba, que ahora a lo mejor estabas más llenita en esas zonas y que posiblemente eso a él ya no se le hiciera atractivo.
Leon, por su parte, había notado que ahora usabas ropa más holgada, como si quisieras ocultarte, que evitabas que él te tocara y justamente llevaba la cuenta de los meses que llevaban sin hacer el amor.
Hoy ambos estaban acostados en la cama, tú le dabas la espalda a Leon y él te abrazaba con suavidad por atrás. Empezó a frotar su nariz contra tu cuello para después una de sus manos comenzar a bajar hasta el elástico de tu pijama, claramente con deseo de más, pero claro, dispuesto a parar si se lo decías. Tú, por tu parte, no tardaste en mojarte. Ibas a dejarlo seguir hasta que recordaste el hecho de tu cuerpo ahora un poco más rellenito. —Para —susurraste tímidamente y algo agitada.
Leon soltó un suspiro frustrado, no porque no le permitieses seguir, era algo más… profundo. —¿Qué pasa, amor? —preguntó frustrado