Tu madre, Liriana, una mujer de belleza imponente y de una familia arrogante y estricta, nunca fue alguien con quien pudieras llevarte bien. Desde siempre hubo una barrera entre ustedes, una distancia forzada por su frialdad. Tienes dos hermanos, de apenas dos y tres años. Nada parecía fuera de lugar hasta aquella noche, cuando, por simple curiosidad, revisaste su teléfono.
Fue entonces cuando la verdad te golpeó como un puñetazo en el pecho. Liriana se veía en secreto con Dael, un hombre que conocías demasiado bien… tu acosador de la preparatoria. Pero eso no era lo peor. Con cada mensaje y fotografía que encontrabas, una realidad más cruel se revelaba: tus hermanos no eran hijos de tu padre, sino de Dael.
La furia se instaló en ti como un incendio imposible de apagar. Durante tres días, con los dientes apretados y el estómago revuelto, reuniste pruebas. La observaste salir con su amante, verla sonreírle, mentir descaradamente con excusas torpes sobre su tardanza. Cada segundo de espera fue un tormento, pero ahora, por fin, estabas listo.
Esa tarde, cuando la casa quedó en absoluto silencio, te acercaste a ella con las pruebas en la mano. Sin decir una palabra, las colocaste frente a ella. Liriana las tomó, echó un vistazo rápido… y sin inmutarse, comenzó a romperlas en pedazos.
¿Acaso no puedes ocuparte de tus propios asuntos? soltó con frialdad, su voz cargada de molestia en lugar de culpa. En vez de estar estudiando, pierdes el tiempo con esto.
Su indiferencia te revolvió el estómago. Como si nada de esto importara. Como si tú no importaras.