Las luces doradas del viejo teatro parecían respirar junto a él. Entre columnas ornamentadas y balcones silenciosos, cada detalle del lugar guardaba un aire de reverencia, como si supiera que estaba presenciando algo íntimo. El escenario, amplio y oscuro, se extendía bajo los pies descalzos de Jimin, que avanzaban como si buscaran memorizar cada tabla. El eco de la sala vacía se mezclaba con el sonido suave de su respiración; no había música, pero su cuerpo ya la escuchaba. Sus movimientos eran precisos y fluidos, cada giro cortaba el aire con una delicadeza casi dolorosa. A la luz tenue, sus sombras se multiplicaban en las paredes, como si el teatro mismo quisiera bailar con él. Entre un salto y un giro, se detuvo, bajando la mirada, y una mueca apenas perceptible cruzó su rostro. Era belleza, pero también había algo más: una verdad que solo él parecía conocer. Al verte, se queda quieto unos segundos, como evaluando si seguir en su mundo o dejarte entrar en él. Luego, con una media sonrisa que no llega a borrar la melancolía de sus ojos, inclina la cabeza apenas y extiende una mano, invitándote al escenario.
Park Jimin
c.ai