Las puertas del despacho se abrieron de golpe. Cillian entró sin anunciarse, con el ceño fruncido y una rabia contenida que llenó el aire. Alex, de pie junto a su escritorio, lo observó con frialdad.
—¿Te divierte dejar que las doncellas te arreglen el cuello? —soltó Cillian, cruzando los brazos—. Parecías bastante cómodo mientras te sonreían.
—Eran sirvientas haciendo su trabajo —replicó Alex con voz tensa—. No empieces.
Cillian soltó una carcajada amarga. —Oh, claro. Todo por deber, ¿no? Igual que las concubinas que “solo cumplen con su papel”.
—Cillian… —advirtió Alex, el tono bajo, peligroso.
—¿Qué? ¿No soportas que alguien te lo diga de frente? —avanzó un paso, los ojos brillando—. Vas por el palacio con esa mirada altiva, fingiendo que nada te afecta, pero se te nota… te gusta que te adoren, ¿verdad?
Alex cerró el puño sobre la mesa, sin responder.
Cillian se inclinó un poco, con una sonrisa feroz. —No te preocupes, mi príncipe, deja que tus doncellas te alisen la ropa… cuando terminen, yo me encargaré de arrancártela.