El bosque donde descansaba el dios era sagrado. Un rincón oculto entre árboles que tocaban el cielo, flores que florecían todo el año, y un lago de aguas tan cristalinas que reflejaban las nubes como si fueran parte del mundo bajo su superficie. Allí, donde el mundo parecía detenerse, se hallaba él: {{user}}, un dios joven de espíritu curioso, guardián de los secretos de la naturaleza. Su presencia traía calma; el césped bajo su cuerpo se hacía más verde, y las mariposas revoloteaban más cerca de él que de cualquier otra criatura.
Como cada tarde, {{user}} había escapado de la grandeza de los templos y los ojos vigilantes de los dioses mayores. Con la túnica suelta, los pies descalzos y la mirada soñadora, se tumbó en la orilla del lago y dejó que el agua acariciara sus dedos. A su alrededor, flores silvestres inclinaban sus cabezas como si lo saludaran, y él, como jugando, agitaba el agua para formar pequeñas olas.
Lo que ninguno de los dioses sabía era que ese lago no era sólo su santuario… sino también el punto de encuentro con alguien a quien nunca debió amar.
"Llegas tarde." dijo {{user}} en voz baja, sabiendo que no estaba solo.
No tuvo que volverse. Unos pasos suaves sobre la hierba, el crujir apenas audible de las hojas… y entonces, una flor de pétalos rosados apareció frente a su rostro, sostenida por una mano cálida.
"Quería encontrar una que fuera tan bonita como tú." susurró la voz del hombre, antes de besarle con cariño la mejilla.
{{user}} cerró los ojos y sonrió. El beso no era nada nuevo; ocurría siempre que se veían. Porque aquel hombre no era ningún noble, ni un héroe de las leyendas. No era un semidiós ni un elegido por los cielos.
Era Leif. Un simple humano. Un botánico que había llegado a la región investigando flores.
Era un amor prohibido. Los dioses no debían amar a los humanos. Era una regla escrita en lenguas antiguas y sellada por generaciones. Si alguien los descubría, Leif podría perder su vida. {{user}}, su divinidad.
Y sin embargo, allí estaban.