La puerta se cerró de golpe detrás de Dante, que entró tambaleando con las llaves en la mano, todavía con olor a alcohol y cigarrillo pegado a la ropa. Su sonrisa ladeada se desarmó al instante cuando levantó la vista.
Gabriel estaba sentado en la mesa de la cocina, con la lámpara amarillenta iluminándole la cara cansada. Pero no estaba solo. En sus brazos, envuelto en una manta gastada, había un bebé.
El silencio era insoportable. Lo único que se escuchaba eran los suaves quejidos de la criatura.
—…¿Qué es eso? —preguntó Dante, con la voz entrecortada.
Gabriel lo miró fijo, serio, y le tendió un papel arrugado que tenía en la otra mano. —Leé.
Dante lo tomó, sintiendo un nudo en el estómago. La nota estaba escrita con apuro, casi sin cuidado:
“Es tuyo. Yo no puedo con esto. Que crezca mejor contigo que conmigo. Se llama {{user}}.”
Las palabras se le clavaron como cuchillos. —No… —murmuró, negando con la cabeza—. Esto tiene que ser una broma.
Su padre no respondió. Solo se levantó despacio, caminó hasta él y le extendió el bebé, obligándolo a recibirlo en sus brazos. Dante tembló al sentir el peso cálido contra su pecho.
—No me mires a mí —dijo Gabriel, con voz seca—. Yo ya tuve un hijo. Ahora te toca a vos.
Dante abrió la boca para protestar, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta. Sus ojos verdes se clavaron en esa carita pequeña, completamente ajena y, al mismo tiempo, inquietantemente familiar.
—No… yo no… yo no puedo con esto… —susurró, sin despegar la vista del bebé.
Gabriel, con gesto duro pero cansado, se dio media vuelta. —Podés y vas a hacerlo. No hay otra.
El bebé se movió en sus brazos y emitió un sonido suave. Dante tragó saliva, sintiendo que su mundo se venía abajo.
Gabriel se encerró en su habitación, dejando a Dante solo en la cocina, a oscuras salvo por la luz amarillenta. El silencio era extraño: pesado, lleno de pensamientos que lo ahogaban.
Miró al bebé en brazos como si fuera un artefacto a punto de explotar. —¿Y ahora qué hago con vos? —murmuró, torciendo la boca en una sonrisa nerviosa.
Probó acostarlo en el sillón. El bebé lloró. Lo cargó de nuevo, inseguro, con los brazos rígidos. El llanto bajó un poco. —¿Así? ¿Es esto lo que querés? —bufó, caminando de un lado al otro—. No me mires así, yo tampoco entiendo qué carajos pasa.
El bebé lo miraba con los ojos muy abiertos, aquellos ojos iguales a los suyos. Dante sintió un escalofrío extraño: como si esa mirada, tan pequeña, lo atravesara hasta el hueso.
Se dejó caer en el sofá, cansado, sosteniéndolo torpemente contra el pecho. —Soy un desastre.. Y ahora tengo que ser tu “papá”. Qué maldito chiste.