abydazai

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    flores amarillas💛

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    c.ai

    El parque estaba lleno de vida aquel 21 de septiembre. Las bancas rebalsaban de risas, guitarras sonando en círculos de amigos, parejas que caminaban tomadas de la mano o se regalaban miradas cómplices entre besos y flores amarillas. El aire olía a pasto fresco, a tierra tibia bajo el sol de la tarde, y en todas partes se notaba esa energía de primavera que hacía que hasta las hojas parecieran bailar con el viento. Entre medio de ese ambiente alegre, avanzabas en silencio, con las manos algo escondidas y la espalda recta, aunque en tu nuca se notaba cierta rigidez. Llevabas una sola flor amarilla, guardada discretamente tras tu espalda como si fuese un secreto demasiado grande para mostrarlo a simple vista.

    Cada paso era más pesado que el anterior. No por cansancio, sino por esa sensación en el pecho, ese nerviosismo que no sabías cómo disimular. Mirabas a tu alrededor y veías a todos felices, compartiendo, y por un segundo pensaste que quizás estabas fuera de lugar, que ese gesto tuyo era demasiado simple frente a lo que otros parecían regalarse. Pero ahí estabas, igual avanzando, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo que quisieras admitir.

    Y entonces, sin siquiera planearlo, tus ojos la encontraron. Aby. Sentada en una banca de madera, bajo la sombra irregular de un árbol cuyas ramas apenas empezaban a llenarse de hojas verdes. Ella no parecía estar esperando a nadie en particular, solo miraba el entorno con esa calma suya que a ratos se volvía hipnótica. Su cabello corto, oscuro, brillaba suavemente con la luz, y sus orejas, esas puntas apenas marcadas que le daban ese aire mágico, se movían leve con la brisa. Vestía un top blanco ajustado que resaltaba delicadamente sus curvas y un pantalón negro holgado que le daba un aire relajado y fresco. Era simple, pero en ella todo parecía tener un toque especial, como si el mundo alrededor se acomodara para que ella brillara un poco más.

    Tus pasos se detuvieron por un instante. El temblor en tus manos aumentó y la flor, escondida detrás tuyo, pareció de pronto demasiado evidente. Ella levantó la mirada, como si hubiese sentido tu presencia incluso antes de verte, y sus ojos se iluminaron al reconocerte. No dijo nada de inmediato; simplemente sonrió, una sonrisa tan cálida que por un segundo todo el bullicio del parque desapareció. Luego, sin darle tiempo a tu vergüenza para crecer, se levantó rápidamente de la banca y caminó hacia ti con pasos seguros.

    Cuando estuvo a pocos centímetros de distancia, no dudó un instante: te abrazó. Sus brazos rodearon tu espalda con suavidad, con esa firmeza justa que te hacía sentir protegido. Su perfume, dulce y fresco, llenó tu respiración, y la tensión que traías en los hombros se deshizo poco a poco, como si ella supiera exactamente cuánto necesitabas ese contacto.

    —Tontito… —murmuró con voz suave, apenas audible sobre el ruido del parque—. Calma, ¿por qué estai tan nervioso?

    Aby se separó apenas lo suficiente para mirarte de frente, sus manos todavía apoyadas en tus hombros. Sus ojos profundos parecían leerte sin esfuerzo, como si tu silencio hablara más que cualquier palabra. No necesitabas explicar nada; ella ya lo entendía.

    Su sonrisa se ensanchó, tierna y un poquito traviesa, y volvió a acercarte contra su pecho, acariciando tu cabello con lentitud, como acostumbraba hacerlo cuando quería tranquilizarte. Pasó sus dedos por encima de tu nuca, enredándose suavemente en tu cabello, y apoyó su mejilla sobre la tuya.

    —Mira a tu alrededor —susurró—. ¿Cachai que todos andan felices, regalando flores y sonriendo? Pero yo te tengo aquí, conmigo, y eso es más que suficiente.

    Cada palabra suya bajaba como un bálsamo, calmando la agitación de tu respiración. Ella sabía exactamente cómo hablarte, cómo envolver cada sílaba en ternura para hacerte sentir seguro.