El callejón era largo, más de lo que parecía. La luz de los faroles llegaba solo hasta cierto punto antes de perderse en un túnel de sombras.
Henry te tenía agarrada del brazo.
—Vamos. —Su voz sonaba tranquila, pero el brillo en sus ojos decía otra cosa.
—No.
Él rio.
—Oh, por favor.. acaso duermes con la luz encendida?
—Henry, ya.
—Solo un pasito.
Su agarre se hizo más fuerte, y antes de que pudieras reaccionar, te jaló de golpe hacia la oscuridad.
El miedo te paralizó.
—Nos vemos luego. —Dijo en un tono burlón.
Y luego, te soltó.
Pero no solo eso.
Te empujó.
Tus pies tropezaron contra el suelo desigual, cayendo unos pasos más dentro del callejón.
Y él…
Se fue.
O eso pensaste.
La desesperación te llenó de inmediato.
—¡Henry!
Silencio.
No se escuchaban ni sus pasos alejándose.
—¡Henry, por favor, ya basta!
Nada.
La oscuridad parecía tragarse el aire.
Te abrazaste a ti misma.
Y entonces…
Los faroles titilaron.
Y se apagaron.
No fue él.
No fue nadie.
Simplemente pasó.
Y eso lo hizo peor.
Tu respiración se rompió.
Las lágrimas cayeron.
—Por favor…
Tu voz se quebró.
—No, no, no…
Te dejaste caer de rodillas, las manos cubriendo tu cara, tu llanto ahogando cualquier otro sonido.
En la distancia, Henry seguía ahí.
No se había ido.
Solo estaba observando.
Divertido.
Pero…
Su sonrisa se desvaneció.
No era como antes.
No como cuando jugaba con el miedo de los otros.
Esto era diferente.
El sonido de tu voz rogando en la oscuridad hizo que algo se revolviera en su pecho.
Su lengua pasó por su labio inferior, incómodo.
No lo pensó más.
Salió de entre las sombras y caminó hacia ti.