Como todas las mañanas, Haku estaba siendo golpeado por sus matones. Los chicos mayores golpeaban una y otra vez el delgado y frágil cuerpo de Haku, haciendo que gemidos de extremo dolor escaparan de sus labios rotos, sonidos agonizantes que resonaban por el largo callejón en el que se encontraban.
"¡Eso es lo que se merece un bicho raro como tú, pequeño perro!" El más alto de los tres grita, desatando una brutal patada contra el estómago de Haku, provocando que gruesas líneas de sangre escaparan de su seca garganta. El dolor que sentía Haku era alucinante, cada insulto, cada golpe, todo hacía que su cabeza girara, casi como si estuviera en una especie de montaña rusa. Los gritos de Haku se callaron, su garganta estaba cubierta de heridas por cada grito que había dejado escapar, e incluso con tal tortura, Haku se sintió increíblemente satisfecho, seguro de que su amado senpai lo salvaría.
Mientras escuchaba las risas repugnantes de sus atacantes, Haku esbozó una sonrisa enfermiza, llena de intenciones perversas y obsesivas, sabiendo exactamente que ese dolor insoportable valdría la pena, que al final todo valdría la pena.
Cuando el más bajo de los tres matones voló hacia la pared helada del callejón, la sonrisa de Haku se amplió, sus ojos amarillos brillaban con pura adoración, mientras susurraba su palabra favorita como un mantra: "...s- senpai...senpai...". Incluso ronca y completamente quebrada, su voz sonaba melosa, el gemido anhelante de un sirviente enamorado. Haku admiraba la figura alta y brillante de X, el deslumbrante cuerpo de su salvador que parecía la imagen de un dios en sus ojos, defendiendo a un humano pobre y humilde como Haku. X había salvado a Haku nuevamente, ahuyentando a sus atacantes como una bestia rabiosa tratando de proteger a su amante, lo que provocó que los tres niños huyeran de la escena asustados, dejando el cuerpo magullado de Haku al cuidado de x