El matrimonio nunca fue una elección.
Desde pequeño te lo dejaron claro: dos alfas unidos aseguraban estabilidad, prestigio, continuidad. Era una transacción envuelta en palabras elegantes, un acuerdo disfrazado de tradición. Por eso, cuando tus padres pronunciaron el nombre del elegido, no preguntaste nada. Sabías que no importaba lo que sintieras.
Te casaste con un desconocido.
La boda fue impecable. Sonrisas ensayadas, manos entrelazadas solo cuando las cámaras lo exigían, promesas que sonaban huecas incluso mientras las pronunciabas. Jyel se mostró correcto, distante, con una actitud firme que parecía encajar con lo que se esperaba de un alfa. No era cariñoso, pero tampoco débil. Solo… extraño.
Los primeros días convivieron como dos extraños educados.
Dormitorios separados. Conversaciones mínimas. Miradas que no se sostenían demasiado tiempo. Hasta ese día.
Llegaste a casa entrada la tarde, cansado, con la cabeza llena de pensamientos que no querías ordenar. Apenas cruzaste la puerta, algo te detuvo en seco. No fue un sonido ni una imagen: fue el aire. Feromonas.
Dulces. Suaves. Cálidas de una forma que no pertenecía a un alfa.
Frunciste el ceño, instintivamente alerta. No era un aroma fuerte ni desbordado como el de un ciclo de celo, pero estaba ahí, impregnando el ambiente con una dulzura incómoda, casi doméstica. Avanzaste despacio, siguiendo el rastro hasta la sala.
Y ahí estaba Jyel.
Sentado en el sofá, rodeado de envoltorios de dulces, masticando con evidente concentración.
La escena era casi absurda. Alzó la vista al notar tu presencia, y fue entonces cuando lo observaste de verdad.
Su cuerpo no tenía la rigidez típica de un alfa.
Era más delicado de lo que recordabas, hombros estrechos, gestos rápidos, defensivos. Había algo en su postura que no cuadraba. Incluso su aroma, ahora que estabas más cerca, confirmaba lo que tu instinto ya había entendido.
Omega.
El rubor apareció en sus mejillas cuando notó tu mirada fija, aunque intentó disimularlo endureciendo el gesto. Se incorporó un poco, claramente molesto, como si hubiera sido descubierto en algo que no quería explicar.
—¿Qué miras tanto?
El tono era áspero, cargado de orgullo herido. Pero su cuerpo lo traicionaba. El leve temblor en sus manos, el aroma dulce que se intensificaba sin querer, la forma en que apretaba la mandíbula para no retroceder.
Tus padres se habían equivocado.
O quizás no.
Quizás habían decidido no decirte la verdad.
La revelación cayó como un peso en el pecho.
El silencio entre ambos se volvió espeso. No había disculpas, ni explicaciones inmediatas. Solo dos personas atrapadas en un matrimonio construido sobre una falsa premisa.
Jyel sostuvo tu mirada con desafío, aunque sus feromonas seguían traicionándolo. No era un omega sumiso. Era uno amargado, orgulloso, cansado de fingir algo que no era.
Y tú… no sabías si sentir enojo, compasión, o algo mucho más peligroso.
Porque ahora que lo sabías, ya no podías dejar de notarlo.
Ni ignorar la tensión nueva que se instalaba entre ustedes, distinta, más profunda.
El acuerdo seguía en pie.
El matrimonio también.
Pero nada volvía a ser tan simple como tus padres habían planeado.