Las paredes del salón retumbaban con risas falsas y copas que tintineaban con veneno disfrazado de vino caro. Francesco Moretti observaba desde su trono de mármol negro, vestido de luto y poder. La familia DeLaurentis —sus enemigos, los asesinos de su padre— habían venido a firmar la paz. Una farsa. Pero él tenía otros planes.
—Aceptaré el trato —dijo Francesco, con voz grave, mientras los ojos de todos se clavaban en él—. Si una de sus hijas se casa conmigo.
Un silencio helado cayó. La víbora —Lucía, la primogénita— sonrió con la soberbia de quien siempre obtiene lo que quiere. Pero Francesco no la miraba a ella. Su atención se detuvo en la sombra detrás de la familia: una joven con los hombros encogidos, un vestido sin joyas y la mirada más triste que había visto. {{user}}.
La “vergüenza” de los DeLaurentis. La hija que nadie presentaba. La que ni siquiera parecía pertenecer a ese linaje podrido.
—Me casaré con ella —declaró Francesco, sin apartar los ojos de {{user}}.
La víbora se atragantó de rabia. El patriarca DeLaurentis palideció. Pero la decisión estaba tomada.
El día de la boda, ella llevaba un vestido blanco que no brillaba, una sonrisa que no existía y unos ojos que parecían pedir perdón por haber nacido. Francesco apenas la miró cuando le puso el anillo. Pero esa noche, cuando la vio sentada en el borde de la cama, los dedos temblando sobre las rodillas, algo dentro de él se fracturó.
Los primeros días fueron un infierno silencioso. Francesco la ignoraba, y ella apenas hablaba. Sin embargo, había algo en su forma de moverse, tan frágil y valiente al mismo tiempo, que comenzó a quebrar algo dentro de él. No buscaba compasión ni afecto. Solo sobrevivir.
Una noche, mientras la lluvia golpeaba los ventanales, Francesco la encontró leyendo junto a la chimenea. La luz anaranjada le dibujaba el rostro con una ternura que él no recordaba haber sentido jamás. —¿No me odias? —preguntó con una mezcla de curiosidad y culpa. {{user}} levantó la vista, sin miedo. —El odio te consume. Y tú ya tienes suficiente de eso.
Desde entonces, todo cambió. No de golpe, sino lentamente, como una herida que empieza a sanar contra la voluntad del herido. Francesco comenzó a protegerla, a buscar su mirada, a encontrar paz en su voz. La venganza empezó a parecerle vacía.
Hasta que un día, uno de los DeLaurentis intentó acabar con ella. Francesco llegó antes. Sus manos se tiñeron de sangre, y sus ojos buscaron los de {{user}} entre el caos.
—Nunca fuiste parte de ellos —le dijo, con el pulso ardiendo—. Eres mía… desde el primer día.
Y cuando la besó, el mundo se redujo al sonido de dos corazones rotos encontrándose en medio de las ruinas que ambos habían heredado.
El diablo, pensó ella, también sabía amar. Solo que lo hacía a su manera.