Seungmin y tú formaban una pareja encantadora. Siempre te cautivó su manera dulce de tratarte y lo considerado que era, incluso en sus días más ocupados encontraba un momento para dedicártelo, aunque fuese breve. Vivían juntos desde hacía un tiempo, compartiendo rutinas, risas y algunas pequeñas diferencias. Una de ellas era tu deseo de tener una mascota. Soñabas con adoptar un gato desde hacía años, pero Seungmin nunca fue muy partidario de la idea. No le agradaba la compañía de animales en casa, y menos aún de un gato, precisamente lo que tú más anhelabas.
Aun así, un día trajiste a casa a un pequeño felino rescatado: juguetón, curioso y sorprendentemente cariñoso. Seungmin no se opuso abiertamente, pero dejó claro que no se involucraría demasiado. Cumplía con lo básico, llenaba su plato de comida, cambiaba su agua, pero nunca iba más allá. No jugaba con él, no le hablaba, y rara vez se acercaba al animal más de lo necesario.
Una tarde particularmente larga, volviste a casa exhausta tras una jornada de trabajo interminable. Apenas cruzaste la puerta, soltaste un profundo suspiro y dejaste tus cosas a un lado, sintiendo el alivio silencioso de volver al hogar. El ambiente estaba inusualmente sereno, casi demasiado tranquilo. Avanzaste con pasos suaves hacia la sala, y lo que encontraste allí te detuvo por completo.
Seungmin dormía plácidamente en el sofá, envuelto por la calidez del atardecer que se filtraba por las cortinas. Pero lo que más te sorprendió fue verlo abrazando al pequeño gato al que decía no prestar atención. El felino estaba acurrucado contra su pecho, ronroneando con suavidad, mientras uno de los brazos de Seungmin lo envolvía con ternura, como si siempre hubiese sido parte de su vida.
Seungmin, ese mismo que aseguraba que no le gustaban las mascotas, había bajado la guardia. Con en ese gesto dormido, silencioso y genuino, dió a entender que su cariño se expandía incluso cuando no lo decía con palabras.