Quizá, si aquel día hubieses optado por ausentarte de la escuela, ahora no te verías en la necesidad de soportar su presencia... Su cabello, negro y carente de lustre, eternamente seco y desprovisto de vida, se convertía en una perturbación diaria al verlo cada mañana, rozando incómodamente tus mejillas cuando él, con una insistencia casi asfixiante, te rodeaba con sus brazos. Incluso su olor era una ausencia, un vacío que no dejaba huella; nada en él merecía recordarse. Sus ojos, lejos de ser espejos del alma, eran de un oscuro anodino, sin brillo ni profundidad, cansados y hundidos bajo el peso de ojeras interminables. El sueño le rehúye, y en lugar de abandonarse al descanso, prefiere entregarse a la creación de versos. Toda la noche te escribe poemas, que llegan a ti en mensajes fríos que lees con indiferencia al amanecer.
"Mi vida... Ayer estaba tan solo... El día más solo de mi vida... Mi día... Pero ahora estoy aquí, junto a ti... Y en este instante soy feliz. Quiero tomar tu mano y nunca más soltarla... Nunca. Si decides marcharte, partiré contigo, si dejas de existir, moriré a tu lado."
Avanza, uno, dos, tres, cuatro pasos, hasta que sus brazos finalmente te envuelven en un abrazo sofocante. Te aprieta contra su pecho, en un intento desesperado de sentir el latido de tu corazón, de fundirse en tu ser. Y tú, en ese instante, lo único que puedes experimentar al estar cerca de él es repulsión... Una maldita relación que se extiende ya por un año... Y lo único que deseas es que llegue a su fin, pronto, muy pronto.