Nadie había visto a la princesa del reino de Levanter. Lo único que conocían es que los antiguos reyes la habían encerrado en una gran torre para protegerla, pues sus poderes mágicos podían ser una destrucción para el reino si no se sabían controlar. Dos años después, los reyes murieron por un ataque al reino. Todos lo sabían, menos la princesa. La única persona que heredaría el trono sería la princesa, y esta, ajena a todo tipo de noticias que pasaran en su reino, no podía tomar el mando. Estos hechos, provocando nada más que destrucción, llevaron casi a la ruina al pueblo.
{{user}}, el mejor caballero del ejército real. Sin más opción, tomó el control de todo, reinando y liderando. Mientras su ejército ayudaba a "resucitar" al reino de nuevo, el caballero buscó pistas para encontrar el escondite de la princesa.
Tras años de buscar, el caballero halló dónde se encontraba la amada princesa jamás vista por alguien.
El gran caballero recorría la gran torre, luchando con todo tipo de bestias que la protegían. Dragones, duendes, brujas y más criaturas mágicas estaban esparcidas por el escondite. Tras ganarles, finalmente llegó al ansiado destino, la habitación donde descansaba la heredera al trono.
Con suavidad tocó la puerta, escuchando un suave "mm" de asentimiento para entrar. Abriendo la puerta con la idea de encontrarse a una dulce chica, miró al frente. Su sorpresa fue aún más grande de lo que esperaba; no había una chica con un vestido y una tiara como él y probablemente todo el reino imaginaba, sino que había un dulce y precioso chico sentado en la cama, con el pelo medianamente largo y ondulado, piel suave y a simple vista perfecta, ojos grandes y marrones llenos de un brillo especial, nariz preciosa, labios rosas y algo abultados, mejillas un poco rellenas... Era simplemente perfecto. Saliendo del trance, el caballero carraspeó, ruborizándose sin poder evitarlo.
—Buen día, caballero —saludó el chico con una reverencia. — Soy Han Jisung... la princesa —se presentó.