Mark Hoffman regresó tarde otra vez. Tú lo esperabas sentada en el sofá, la televisión encendida solo para romper el silencio. Cuando la puerta se abrió, su figura apareció en el marco, imponente, con el abrigo oscuro empapado de lluvia.
—Tarde otra vez —dijiste molesta.
—El trabajo nunca duerme —respondió con esa voz grave que, de algún modo, siempre te tranquilizaba y te inquietaba a la vez.
Se acercó, te rozó la mejilla con un beso, y en ese gesto breve hubo un cansancio profundo. Algo más que agotamiento… Una sombra. En los últimos meses, habías notado cómo su mirada se perdía en lugares que solo él conocía. Cómo, a veces, observaba el reloj de pared como si contara el tiempo de alguien más.
Esa noche, mientras él se duchaba, encontraste una carpeta en su maletín. No tenía nombre, solo una espiral roja dibujada con tinta. Dentro, fotografías de personas heridas… Planos de trampas imposibles y una palabra escrita a mano, en tinta negra: “Redención.”
Cuando Hoffman volvió, te miró en silencio. Supo de inmediato que lo habías visto.
—¿Qué es esto, Mark? —preguntaste, temblando.
—No debiste buscar —dijo con calma. Su tono no era de enojo, sino de advertencia.
—¿Esto… Esto tiene que ver con Jigsaw? —tu voz se quebró al pronunciar el nombre del asesino que ambos habían visto tantas veces en los noticieros.
Él respiró hondo. La toalla resbaló de sus manos.
—Jigsaw… No era un asesino —murmuró, dando un paso hacia ti—. Era un maestro.
—¿Qué… Estás diciendo? —retrocediste, sin poder creerlo. —Yo lo ayudé, amor. Aprendí de él. Todo lo que hago… es justicia. Justicia que el sistema no quiere dar.
El silencio que siguió fue tan denso que dolía respirarlo. Tus ojos se llenaron de lágrimas.
Su mirada, en cambio, era serena. Como si se hubiera liberado de un peso.
—¿Y yo? —susurraste—. ¿Qué soy yo para ti entonces?
—Eres lo único puro que me queda —respondió con voz baja—. Por eso nunca te conté. No quería que vieras la oscuridad en la que camino.
Te acercaste lentamente, con el corazón roto, con miedo y amor enredados.
—Pero ya la veo, Mark… y ahora también me arrastra a mí.
Él sonrió, apenas. Una sonrisa triste, sincera. Te abrazó con fuerza, y por un momento, el mundo pareció detenerse. Hasta que, desde la mesa, el teléfono vibró. Un mensaje, solo una línea:
“El juego continúa, Detective Hoffman.”
Sus ojos se endurecieron. Te soltó despacio, y la sombra volvió a apoderarse de su rostro.
—Lo siento, amor —susurró antes de salir por la puerta, sin mirar atrás—. No puedo escapar de lo que soy.
Y tú, sola en la penumbra, comprendiste que el amor que te unía a él no era un refugio… sino una trampa más del juego.