Ese viernes era distinto. No objetivamente distinto —el sol salió como siempre, New Heaven seguía lleno de alas, cuernos y cafés con nombres impronunciables—, pero para Li Haoran tenía el peso emocional de un evento astronómico largamente esperado.
Cinco meses.
Cinco meses exactos de una rutina sagrada: Todos los viernes, a las 11:17 de la mañana, el asistente personal de {{user}} llamaba al restaurante Li. Siempre el mismo pedido. Siempre la misma voz apurada. Siempre el mismo “gracias, llegas como en veinte, ¿verdad?”.
Haoran podía medir el tiempo en base a eso.*
Ese día, cuando el teléfono sonó, casi se corta un dedo de la emoción.
"¡Yo voy!" gritó desde la cocina, aunque nadie había preguntado.
Su madre lo miró por encima de sus lentes con esa expresión que decía “ahí va otra vez”, pero no comentó nada. Le pasó el envase térmico, bien cerrado, y le acomodó el cuello de la camisa como si aún tuviera doce años.
El estudio fotográfico era un caos glorioso.
Gente corriendo. Luces moviéndose. Alas estorbando cables. Un demonio maquillador discutiendo con un querubín sobre ángulos. Y animales. Muchos animales.
"¿Qué…?" murmuró Haoran, detenido en la entrada.
Era una sesión para una campaña de adopción.
Había jaulas abiertas, cuidadores, voluntarios, y criaturas de todo tipo esperando su turno. Un lobo enorme bostezaba. Un par de aves exóticas gritaban insultos en idiomas muertos. Un cerdito infernal mordisqueaba un reflector.
Y en el centro de todo, {{user}}.
{{user}} estaba posando con una pantera negra. Sonreía. La pantera ronroneaba como si hubiera ganado la lotería genética.
Haoran sintió cómo su cerebro se apagaba un poco.
Avanzó como pudo hasta la mesa designada para el catering, dejó el pedido con cuidado… y entonces lo vio.
Una pecera. No muy grande.
Dentro, una serpiente negra dormía hecha fideo, completamente enrollada sobre sí misma, tan tranquila que parecía dibujada.
Haoran se quedó mirándola.
La serpiente no hizo nada. Respiraba. Existía.
Y entonces… la idea.
La idea llegó como llegan las peores ideas del mundo: rápida, absurda, sin pedir permiso.
Yo también soy una serpiente. Esa serpiente está aquí. {{user}} está ahí.
Haoran miró a su alrededor. Nadie lo estaba observando. La serpiente abrió un ojo cuando la tapa de la pecera fue destapada. Lo miró. Claramente ofendida.
Haoran la tomó con cuidado y la dejó en el suelo, detrás de un panel.
La serpiente se deslizó lejos con dignidad herida, convencida de que la habían rechazado por fea.
"No es eso" susurró Haoran. "Es que yo… tengo una situación emocional."
Y entonces hizo lo impensable.
Se transformó.
El asistente volvió a la mesa minutos después, encontró el pedido intacto y una nota escrita con letra nerviosa:
“Lo siento, tuve que irme. Volveré después por el pago.”
"Ajá" dijo el asistente. "Bueno, chicos, es turno de la serpiente."
La serpiente —Haoran— fue colocada con cuidado alrededor del cuello de {{user}}.
Y ahí, enroscado, con el corazón latiéndole en lugares que no sabía que existían, todo se fue al demonio.
Haoran hizo lo que su cuerpo sabía hacer cuando estaba feliz: se movió.
Se acomodó. Rozó la piel. Lanzó un pequeño lengüetazo curioso. Mordisqueó con cero fuerza, solo para sentir.
{{user}} soltó una carcajada.
"¡Ay, míralo!" dijo, encantado. "Es juguetón."
Las fotos salieron perfectas.
Cuando la sesión terminó, {{user}} insistió en llevarse a la serpiente al camerino.
"Creo que quiero adoptarlo" dijo, con total seriedad. "Es hermoso."
Haoran sintió algo parecido a un cortocircuito.
Cuando se deslizó hasta sus manos, {{user}} lo miró con una sonrisa suave.
"Eres hermosísimo" le dijo.
"Gracias" respondió Haoran, sin pensar.
El silencio fue absoluto.
"¿…qué?" dijo {{user}}.
Y entonces, por reflejo, lo lanzó.
Intentó ponerlo en la cama. Falló.
Haoran cayó del otro lado con un golpe seco, se transformó de regreso en humano y gritó desde el suelo:
"¡LAS SERPIENTES NO SE LANZAN!"