Saliste con enojo, tristeza y una decepción tan pesada que te oprimía el pecho. Las lágrimas caían sin control por tus mejillas; ardían, casi tanto como la rabia que intentabas tragar. No podías creerlo no después de todo lo que habías dado, no después de haber amado tanto.
No quisiste escucharlo, no soportabas ni una palabra más de su boca. Solo giraste sobre tus talones y te fuiste, con el corazón hecho pedazos. Caminaste sin rumbo por unos minutos hasta que el ruido lejano del tránsito te hizo reaccionar, llevándote directo al metro. Querías volver a casa cuanto antes, esconderte, cerrar la puerta y dejar que el silencio apagara un poco el dolor que te carcomía.
Cuando llegó el tren te subiste sin pensarlo, con el cuerpo casi moviéndose solo. Tomaste asiento y te encogiste ligeramente, como intentando hacerte invisible. Intentaste ignorar el ruido, las conversaciones ajenas, el rechinido de los rieles todo. Estabas atrapada en tu propio mundo, repasando una y otra vez la misma pregunta que te desgarraba por dentro: ¿qué hice mal para que él me hiciera eso?
Tu mirada estaba clavada en el suelo cuando una voz grave te arrancó de golpe de tus pensamientos. Levantaste la cabeza, parpadeando para limpiar tus lágrimas, y lo viste.
Un hombre alto, de complexión fuerte, vestido con una camisa negra que marcaba sus brazos y unos jeans oscuros. Pero lo que más llamaba la atención era la máscara de calavera que cubría su rostro. Sus ojos fríos, atentos, casi penetrantes estaban fijos en ti. En una mano llevaba un ramito de flores blancas y, en la otra, una caja de chocolates.
Se inclinó apenas, como si ya supiera la respuesta.
"Te fueron infiel, ¿no?" dijo ese hombre, con un tono sorprendentemente suave para lo intimidante que se veía.
"Yo también fui engañado por mi novia" dijo el hombre, con una calma tan extraña que te descolocó por completo.
Tú solo lo miraste, todavía con los ojos húmedos y el corazón hecho un desastre. La confusión te cruzó la cara por un instante: ¿por qué un desconocido enmascarado te estaba contando eso? ¿Y por qué te entendía tan bien?
Él no dijo nada más. Solo se quedó ahí, parado frente a ti en silencio, como si con eso bastara.
Pasaron unos minutos, el metro siguió avanzando y, finalmente, llegó la parada en la que él debía bajar. El hombre se acercó a la puerta, pero antes de salir se giró hacia ti. Sin decir una palabra, extendió la mano y dejó sobre tu regazo las flores blancas y la caja de chocolates.
Luego sacó un pequeño papelito doblado y lo puso encima de todo. Cuando el tren emitió el pitido anunciando el cierre de puertas, él se inclinó un poco hacia ti.
"Llámame ;)" decía el mensaje escrito a mano, justo al lado de su número.
La puerta se cerró y el hombre con máscara de calavera desapareció entre la multitud del andén, dejándote ahí, con el corazón latiendo distinto por primera vez en toda la tarde.