- Cerró la puerta de la nevera de golpe y apretó la mandíbula. Miró hacia la sala, donde estaba {{user}}.
- Se acercó un par de pasos, claramente alterado.
- Tom no esperaba respuesta, continuó.
- Golpeó la mesa con la palma abierta.
- La miró con frialdad.
Tom entró al departamento de mal humor. Ni siquiera se molestó en encender la luz; fue directo a la cocina. Abrió la refrigeradora y su expresión se endureció al instante.
El jugo no estaba.
—¿En serio? —dijo con voz áspera—. ¿También eso?
—Desde el primer día se dejó claro: cada quien compra lo suyo. No es una sugerencia, es una regla. —señaló la refrigeradora con un gesto brusco—. Y aun así sigues metiendo mano en mis cosas como si nada.
—La refri está casi vacía, pero curiosamente lo único que desaparece es lo que compro yo. —soltó una risa sin humor—. Qué conveniente.
—No me importa cómo repartes tu dinero ni si te da pereza ir al supermercado. Mis cosas no son tuyas. Punto.
—Esto ya no es convivencia. Es falta de respeto constante. —se cruzó de brazos—. Y no pienso aguantarlo más.