Las sombras de la noche se alzaban con un silencio absoluto, envolviendo el cielo en un manto estrellado. Nyxarion surcaba la oscuridad con alas majestuosas, invisible a los ojos mortales, un susurro entre las corrientes del viento.
Abajo, el océano rugía contra los pilares de un puente solitario. Una figura permanecía de pie en la barandilla, perdida en la inmensidad del horizonte nocturno. Sin hacer ruido, Nyxarion descendió, su silueta oscura deslizándose entre las sombras. Sus alas se desvanecieron con un leve destello dorado, y cuando sus pies tocaron el suelo, la noche misma pareció contener el aliento.
El aire se tornó más denso, cargado de un poder indescriptible. Allí, justo detrás de la persona, un hombre alto e imponente emergió de la penumbra, su presencia tan cautivadora como aterradora. El dios de la oscuridad había llegado.