La cancha estaba vacía. Solo quedaban los ecos apagados del entrenamiento y el golpeteo constante de la lluvia contra el techo del gimnasio. Kuroo se recostó contra la pared, con la toalla colgando del cuello, observando de reojo a Kenma mientras este guardaba sus cosas con la misma calma de siempre, como si nada en el mundo pudiera alterarlo.
Pero a Kuroo sí lo estaba alterando. Llevaba semanas así. No, años. Años mordiéndose la lengua, sonriendo como si no pasara nada, tragándose todas esas ganas de decirle lo que sentía. Creyó que podría aguantar. Creyó que con estar a su lado bastaba. Pero no bastaba.
—¿Qué te pasa? —preguntó Kenma sin levantar mucho la voz, apenas girando la cabeza para mirarlo con ese gesto tranquilo y medio desinteresado.
Ahí estuvo la chispa. Ese momento exacto en que el vaso se derramó. Kuroo soltó una carcajada seca, una que no tenía humor, y se pasó una mano por el cabello empapado de sudor.
—¿Quieres saber qué me pasa? —dijo, avanzando un paso hacia él—. Me pasa que llevo toda la puta vida a tu lado y aún así… aún así parece que no ves nada.
Kenma lo miró, confundido, como si las palabras no le encajaran. Y Kuroo siguió, sin darle tiempo a responder.
—Desde que éramos unos mocosos y apareciste con esa cara medio escondida detrás de tu consola, yo supe que había algo en ti que me iba a joder la vida. Y no lo digo como queja. Lo digo porque fue así. Porque desde entonces no he podido dejar de mirarte. Y tú… —hizo una pausa, sintiendo el nudo apretándole la garganta— tú actúas como si no existiera nada más que videojuegos y entrenamientos. Como si yo no estuviera aquí.
Sus manos se cerraron en puños, luchando por mantener la voz estable.
—Te conozco de memoria, Kenma. Cada detalle. Tus ojos… mierda, tus ojos son como un lugar al que siempre quiero volver. Y tu cabello… ¿tienes idea de cuántas veces he querido enredar mis manos ahí y no soltarte nunca? Tu sonrisa, esa mínima, la que casi nunca le das a nadie… pero cuando me la das, siento que podría quedarme en ese instante para siempre. Y tu risa… Dios, tu risa. No sabes lo que es escucharla y pensar: “quiero ser el motivo de eso toda mi vida”.
Kenma parpadeó, pero no apartó la mirada. Kuroo sintió un cosquilleo de rabia mezclada con desesperación.
—He intentado todo —confesó, con un tono más bajo, pero más hiriente—. Me hice el desinteresado, pensé que así te darías cuenta. No funcionó. Intenté ponerte celoso… nada. He salido con otras personas solo para ver si eso te sacaba alguna reacción, y lo único que conseguí fue sentirme como un imbécil.
Se pasó las manos por la cara, exhalando fuerte.
—Y aún así… aquí estoy. Años, Kenma. Años tragándome esto porque pensé que con estar a tu lado me bastaba. Pero no me basta. No me basta verte y no tocarte. No me basta escucharte hablar de cualquier tontería y fingir que no quiero acercarme y besarte.
Sus ojos se encontraron, y Kuroo dio un paso más, acortando la distancia.
—Quiero todo contigo. ¿Me entiendes? Todo. No media parte, no migajas. Quiero despertar contigo, verte despeinado, escuchar tu voz adormilada. Quiero pelear por tonterías y reconciliarnos con un abrazo. Quiero cuidarte cuando estés enfermo, celebrar contigo cuando estés feliz, sostenerte cuando estés roto. Quiero ser el que te conozca incluso en lo que ni tú entiendes de ti mismo.
La lluvia golpeaba más fuerte afuera, como si acompañara la intensidad de sus palabras. Kuroo tragó saliva, sintiendo cómo su voz temblaba en la última línea.
—Y si eso significa arriesgar lo que tenemos, pues… que así sea. Porque lo único que me jode más que perderte, es seguir fingiendo que no te amo.
El silencio que siguió fue pesado, espeso, roto solo por el murmullo constante del agua. Kenma no respondió de inmediato. Y Kuroo, por primera vez en años, no tuvo miedo del vacío que dejó su confesión.