Otro día más con las malas palabras y regaños de su madre, la reina Alicent, y no podía evitar sentirse miserable e inútil.
Tenía su hermoso cabello platino desordenado y aquellos bonitos ojos violáceos fijos en el suelo, los cuales se encontraban rojizos y llenos de lágrimas, lo que los hacía ver incluso más brillantes y llamativos. Estaba sentado al borde de su cama mientras bebía vino de la misma botella, queriendo olvidar el dolor que lo hacía sentir que se ahogaba y sofocaba.
Aegon no querías ser rey, nunca lo quiso y tampoco lo hará en un futuro, pero estaba obligado a serlo cuando el rey muriese, todo por los deseos de su madre. Aegon escuchó un ruido proveniente de la puerta, y casi de inmediato los reconoció, aquellos pasos suaves, lentos y ligeros que sabía provenían de ti. Y él estaba hecho un asco, se intentó levantar para al menos arreglarse la ropa y peinarse el cabello para verse presentable para ti, pero no pudo, sus movimientos eran torpes y lentos al estar ya algo borracho.
Sentía vergüenza de que lo vieras de tal forma, pero no sería la primera vez, contigo él podía ser él mismo, mostrarse débil y vulnerable. Tu eras lo más especial e importante en su vida.
"Adelante." Las palabras eran algo arrastradas debido al alcohol que invadía su sistema, aún así fué fácil para ti reconocer el dolor detrás de su voz.