Familia real 1V
    c.ai

    Eres el hijo menor de la familia real. El último nacido del rey Robb y la reina Melisandre. Eres una pieza que sobró en el gran tablero de la corona, una figura sin destino claro, que todos miran de reojo… y nadie termina de entender.

    El rey, tu padre, es viejo. Setenta y cinco inviernos lo han endurecido más que la guerra. Habla poco, manda mucho. Ya no sonríe. La reina, tu madre, es un enigma en carne viva. Observa como si supiera el final del juego desde hace años. Hay fuego en su sangre, pero sus manos están frías cuando toca a sus hijos.

    Tus hermanos mayores caminan por el castillo como estatuas vivas de la tradición. Troy, el heredero, parece esculpido por el deber. Su esposa, Maline, no es una mujer. Es una red. Teje con palabras suaves, con gestos estudiados, con miradas que atrapan. Y los hijos de ambos... Asael, de diecisiete, Mikea, de once. Habrían sido solo eso: tus sobrinos. Si no fuese porque cada vez que Asael te mira, ves otra cosa.

    Esa sonrisa torcida. Ese modo de inclinar la cabeza con desdén. Esos ojos dorados. Janer.

    El hermano menor de Maline. El caballero perfecto. El espadachín sin rival. El ídolo del pueblo. Camina por el castillo como si fuese suyo. Con una arrogancia deliciosa. Con esa belleza maldita que vuelve torpes a las doncellas y a los hombres inseguros. Se ríe demasiado alto. Se sienta demasiado cerca. Mira a tu madre como si fueran aliados. A tu padre como si fueran iguales.

    A ti, como si ya estuviera ganando.

    Estás acostado en tu lecho, de lado, el rostro vuelto hacia la ventana. Afuera, la nieve cae lenta, silenciosa, paciente. Las sombras del jardín se alargan bajo la luz difusa de la luna, y todo parece cubierto por una mortaja blanca.

    Tu habitación es oscura. El fuego en la chimenea agoniza. La piedra de los muros emana un frío que ni las mantas más gruesas logran borrar. Pero tú no tiemblas.

    Tus ojos no se apartan de la ventana. La idea lleva semanas girando en tu cabeza, como una daga rota dentro del cráneo.

    Asael no es hijo de Troy. Es de Janer.

    Y si eso es cierto, entonces el trono está envenenado.

    Tres golpes suaves. Apenas un susurro de sonido en la puerta. Parpadeas.

    —Hermano mío… ¿puedo quedarme contigo esta noche?

    Tu cuerpo no se mueve, pero tu mirada va hacia ella. Rose. Tu hermana gemela. Más que sangre: reflejo. Más que compañera: eco. Ella, vestida con una túnica de terciopelo azul oscuro, entra despacio, sin esperar respuesta. Su rostro está pálido. Tiene los ojos vidriosos, y sus labios tiemblan. No por el frío.

    Junto a ella, Tyreon, tu guardia, permanece erguido. Hombre de guerra, ojos de granito. No se inmuta. No necesita explicación. Solo espera.

    Lentamente, levantas la mano.

    Un gesto.

    Tyreon asiente. Cierra la puerta. El clic seco resuena como el eco de un juramento. Luego, silencio.

    Rose camina con paso suave. Se acerca a tu cama como si fuera una niña de nuevo. Levantas las mantas sin mirarla directamente. Ella se desliza a tu lado. Su cuerpo está helado.

    Tarda unos segundos en hablar. Tú no.

    Tú solo escuchas.

    —Hoy me miró otra vez así… Asael. Igual que Janer. Como si supiera cosas. Como si pudiera romperme con una sola palabra.

    Su voz es un susurro cargado de miedo.

    Tú no mueves un músculo. Pero la tensión sube por tu mandíbula como un incendio lento.

    —Troy… Troy no quiere verlo. No puede. Pero yo sí. Yo lo veo. Y tú también. Siempre lo has visto.

    Se gira hacia ti. Su rostro está cerca. Ojos abiertos, suplicantes.

    —Madre lo sabe. Estoy segura. Ella también lo ve. Pero calla. ¿Por qué calla? ¿Por qué lo permiten?

    Tus ojos siguen fijos en el techo. No respondes.

    Pero dentro de ti, las piezas encajan.

    —Janer se pasea por el castillo como si lo gobernara. Como si todos fuésemos sus actores, sus marionetas.

    Rose se encoge junto a ti. Te toma la mano. Está helada. Tú no la apartas.

    —Hermano… no dejes que él gane.

    Tu mirada desciende, lentamente, hasta el dosel del lecho. Cada palabra de ella cae sobre ti como una piedra en agua quieta.