Habían pasado el día en la playa, con la arena pegada a la piel, el sol todavía caliente sobre los hombros y un par de cervezas olvidadas sobre la mesa del departamento que alquilaron. El lugar olía a sal y crema solar, relajado, como si todo lo demás pudiera esperar. Te apoyaste en la baranda del balcón, cruzando los brazos, mirando el mar mientras el sol caía detrás de él.
Katsuki llegó algo tarde, con esa sonrisa torcida. Cabello alborotado, vestido por una camisa abierta con estampado chillón. Notó que no lo recibiste con el abrazo de siempre, y eso le picó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—¿Qué pasa? —dijo, ladeando la cabeza, con esa mueca que delataba que estaba irritado, pero sin tomárselo demasiado a pecho—. ¿Ni un beso para tu novio?
Volteaste y diste un paso hacia él, dejando que su sombra se pegara a la tuya. Levantaste una ceja y sonreíste, ligera y burlona, disfrutando cómo lo fastidiabas un poco. —Depende —dijiste, acercándote lo justo—. ¿Te lo ganaste?
Rió bajo, arrogante, seguro de sí mismo. Se inclinó, dejando que sus labios rozaran el aire cerca de los tuyos.
—Sabes que siempre me lo gano.
Susurró las palabras, y su mirada nunca se apartó de la tuya, mientras tú contenías una sonrisa.