Él sigue hablando con ella, moviendo su copa entre su mano. No sonríe, no se inclina hacia adelante, no la toca. Pero tampoco se aleja.
Y ella… ella sí sonríe. Juega con su cabello, deja escapar una risa suave, le sostiene la mirada como si quisiera algo más de él.
Pero no puedes decir nada.. ni hacer nada..
Porque solo tienes catorce años.
Y él tiene veintiséis años.
Aprietas la mandíbula y desvias la vista, pero es inútil. Sigues sintiendo su presencia como si estuviera justo a tu lado.
Hasta que realmente lo está.
Ni siquiera lo viste moverse, pero ahora está frente a ti. Tan cerca que puedes percibir su perfume.
—¿Estás celosa?
Su voz es baja, divertida. No como una burla, sino como si la idea le entretuviera de verdad.
No respondes. No le vas a dar el gusto.
Pero él se inclina un poco más, buscando tus ojos, con esa misma expresión tranquila, como si estuviera disfrutando cada segundo.
—No tienes por qué estarlo.
Su tono es suave, casi convincente, pero el brillo en su mirada dice lo contrario.
Él sabe lo que hace.
Y le gusta.