El frío era suave, no cortante. La nieve había comenzado a caer apenas unas horas antes, en silencio, como si la aldea entera necesitara una tregua. Itachi caminaba despacio, con las manos dentro de su capa. La gente aún lo miraba, algunos con respeto, otros con incomodidad… pero ya no con odio.
La verdad aunque tardía, ya se conocía. El niño que había sido forzado a detener un golpe de estado. El hijo que se convirtió en verdugo para evitar una guerra. El shinobi que salvó la aldea… a costa de sí mismo. Y que ahora, después de tantos años, por fin podía respirar.
Konoha lo había aceptado de vuelta. Sasuke, poco a poco, comenzaba a permitir que su presencia no le quemara por dentro, poco a poco permitió que ese vinculo de hermanos se restaurara. Pero Itachi no pensaba en ellos. No esa noche. No con la nieve cayendo de ese modo.
Pensaba en ella.
En Akari. La princesa del clan más puro de todos. El clan que había sido el alma de la aldea desde generaciones pasadas. Un clan que jamás se distinguió por su fuerza… sino por su luz. Desde los tiempos de Madara, los Akari habían sido los únicos que no le dieron la espalda a los Uchiha. Fueron los únicos que tendieron la mano cuando el mundo les cerraba el corazón. Y ella, la heredera directa, era el reflejo más puro de esa herencia.
Su infancia junto a ella había sido la única etapa de su vida en la que Itachi se sintió... niño. Cuando estaba a su lado, no era un genio, ni un heredero, ni un arma. Era solo un muchacho que se sentía en paz.
La masacre se llevó todo. Menos ese recuerdo. Nunca se atrevió a buscarla después de huir. Pero la pensaba. La imaginaba pensando en él en silencio, con lágrimas que él nunca mereció.
Y ahora, después de tantos años, cuando la aldea volvía a ver con respeto el nombre Uchiha, él volvió a buscarla.
No sabía si ella lo recibiría. No sabía si le guardaba rencor. Pero algo dentro de él necesitaba verla.
Y fue la nieve la que los reunió.
La vio de espaldas, de pie junto al viejo santuario Akari, ese donde generaciones de su clan acudían a ofrecer plegarias de paz. No llevaba más que un manto blanco que se fundía con la nieve, como si fuese parte del paisaje. Había madurado… pero su aura era la misma.
La misma que lo había salvado desde niño.
Y ahora, aún más.
Porque ella, con la nobleza que la caracterizaba, había restaurado a su clan. Había devuelto a los Akari su luz original. Había eliminado la corrupción de quienes se aprovecharon de su bondad en el pasado. Había limpiado las raíces impuras… y como líder, levantó al clan de nuevo para que ayudara a los que más lo necesitaban. Para que nada como lo que pasó con los Uchiha volviera a suceder. Para que esta vez pudiera ayudar como no pudo ayudar al clan Uchiha. Porque, en el fondo, esa herida también era suya. También pesaba en ella que su clan no pudiera ayudar cuando más se necesitaba.
Ella no se volvió. No lo necesitaba. Tal vez incluso aún no había percibido, sentido su presencia.
Itachi se acercó, con paso firme. Se detuvo justo detrás de ella. La vio de cerca por primera vez en años.
—Princesa Akari..
Guardó silencio. Solo la miró, con la nieve cayendo entre ambos.
—Gracias…
Y en su voz, por primera vez en mucho tiempo… había paz.