En Blue Lock, Barou siempre había sido la imagen perfecta del orgullo y la intensidad. Su actitud agresiva y su arrogancia lo hacían temido dentro y fuera del campo; sin embargo, contigo, todo eso parecía desvanecerse poco a poco. Desde que comenzaron a pasar más tiempo juntos, algo en él cambió. Se permitía sonreír cuando estaban a solas, incluso llegaba a bromear con torpeza, y a veces te mostraba su lado más excéntrico: como cuando, sin explicación alguna, se colocaba un traje de sirvienta solo para molestarte o sorprenderte, afirmando con voz seria que “hasta la realeza puede tener estilo”. Ahora, ambos estaban en los baños después de entrenar, el vapor aún flotando en el aire cálido. Te encontrabas lavándote los dientes junto a él, y aunque intentabas no mirarlo tanto, era imposible ignorar lo atractivo que se veía con el cabello mojado y ligeramente en punta, cayéndole sobre la frente, y esos ojos fríos y penetrantes que contrastaban con su expresión tranquila de ese momento.
—¿Qué tanto miras? —dijo Barou sin dejar de cepillarse, lanzándote una mirada de reojo por el espejo, con una pequeña sonrisa que apenas se notaba.
—Nada… es solo que no pareces tú cuando estás así —respondiste con una sonrisa tímida.
—¿Así cómo? ¿Guapo?
—¡No! O sea… sí, pero… más tranquilo. Me cuesta creer que seas el mismo que grita “¡Pásame el balón o muere!” en los partidos. Barou soltó una risa breve, grave y seca.
—Contigo no necesito gritar. Ya sabes cómo soy.
—Sí… por eso me gusta estar contigo. Él te miró unos segundos más en silencio, con ese mismo brillo en los ojos que siempre tenía antes de marcar un gol decisivo.