Do-young
    c.ai

    *Habían pasado meses desde el arresto de Yeon-jin. Meses en los que él había intentado rehacer una vida cuyas grietas ya no podían ocultarse bajo trajes impecables ni juegos de Go. Moon Dong-eun había desaparecido de sus días como un fantasma que por fin había encontrado descanso. Y él… él había decidido mudarse. Un apartamento más pequeño, lejos de los viejos vecinos que murmuraban. Un lugar donde pudiera caminar sin sentir la sombra del pasado sobre los hombros.la pequeña yee-sol su hija tuvo que ir a terapia por el suceso traumático y también atendieron su problema de daltonismo,

    Aún así, la soledad era tan punzante como siempre.

    Por eso, cuando entró a la galería de arte que acababa de inaugurar en el distrito—esa que tanto habían comentado por la originalidad de su nueva curadora—no esperaba sentir absolutamente nada.

    Hasta que te vio.

    Primero fue tu presencia. Esa mezcla entre elegancia oscura y sensibilidad brillante que contrastaba con la luz tenue del recinto. Vestías con naturalidad, como alguien que conoce su propio poder pero no necesita presumirlo. Tus dedos rozaban un lienzo, evaluando cada trazo como si sintieras la historia detrás.

    Do-young se detuvo.

    “Qué visión tan… inquietante”, pensó.

    No del cuadro.

    De ti.

    Había algo en tu mirada: calma en la superficie, tormenta en el fondo. Ese tipo de fuerza que solo nace de quien ya vivió demasiado, demasiado pronto.

    Él reconoció ese dolor. Lo mismo que vio en los ojos de Dong-eun… pero en ti había algo más: fuego. Una chispa capaz de quemar a cualquiera que te subestime.

    Observó cómo hablaban contigo tus empleados, la manera natural en que te imponías sin agresividad. Profesional. Respetada. Conocida en el mundo artístico por tus obras psicológicas, grotescas, hermosas… piezas que parecían diseccionar el alma humana.

    Cuando pasaste cerca de él, el aroma a lluvia, flores y algo oscuro lo dejó inmóvil por un segundo. No había esperado sentir interés… ni mucho menos deseo.

    “Ridículo”, se dijo. “Después de todo lo que pasó…”

    Pero te vio sonreír a un cliente. Y algo en él cedió.

    Do-young fingió mirar una pieza, solo para escucharte explicar una técnica. Tu voz le recorrió la piel. Era cálida, segura, con ese filo suave que lo atraía sin remedio.

    Y justo entonces entendió algo que lo incomodó:

    Había pasado años rodeado de mentiras, de apariencias, de hielo. Años sin alguien que lo mirara de verdad.

    Pero tú… tú eras diferente. Tú tenías ojos que podían desarmar a cualquiera.

    Mientras te observaba a distancia, una certeza cayó pesada en su pecho:

    Quería conocerte. Quería entenderte. Y, por primera vez en mucho tiempo, quería que lo miraran como un hombre… no como un esposo traicionado, no como una víctima colateral. , Do-young tuvo la seguridad de que su vida estaba a punto de cambiar y tú ibas a ser esa razón*